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La plaga del descreimineto

AGRAMAR Enviado: 25.01.2006, 16:12
Vidente de Sombras
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La Plaga del Descreimiento

EL CARDENAL APÓSTATA

Unas pocas décadas después de la ascensión de Sebastian Thor al trono de la Eclesiarquía, el Cardenal Bucharis estaba al cargo de una diócesis centrada en Gathalamor, al Suroeste de la Tierra. Gathalamor no era una diócesis rica, pero Bucharis, celoso de los logros de otros Cardenales, juró construir en su planeta cardenalicio uno de los templos más gigantescos para mayor gloria del Emperador. Después de esclavizar brutalmente a la población de Gathalamor, Bucharis necesitaba aún más gente y recursos.
Con la ayuda de un ejército de bandidos y malhechores conquistó el vecino mundo de Rhanda. Gracias a las ricas minas de este planeta la fortuna de Bucharis aumentó. También fue en el sistema de Rhanda donde el Cardenal unió sus fuerzas a las del renegado Almirante de la Armada Imperial Sehalla y a un Coronel del Regimiento Rigelia XXV de la Guardia Imperial llamado Gasto. Con Guardias Imperiales y naves de la Armada a su servicio, Bucharis creó un pequeño imperio al Oeste de la Tierra. En los siguientes siete años conquistó cincuenta sistemas solares.
El reino de Bucharis estaba incomunicado con el Imperio a causa de una densa concentración de tormentas de Disformidad, y aún no se conocía la ascensión de Sebastian Thor y la reorganización de la Eclesiarquía. Como Bucharis controlaba los viajes interestelares dentro de su imperio, continuó censurando cualquier información relativa a los sucesos de la Tierra. Bucharis anunció que la Eclesiarquía había sido destruida, corrompida por traidores y herejes. Utilizando evidencias de la época de Vandire se proclamó a sí mismo la verdadera voz del Emperador y poder supremo del Adeptus Ministorum. Para aquellos que escuchaban sus elegantes discursos, la Tierra era una causa perdida y Gathalamor se había convertido en el centro de la fe.
La Plaga del Descreimiento se extendió, y las enseñanzas de Bucharis se convirtieron en ley. La cita del Cardenal "Cada uno debe salir adelante por sí mismo, aquellos que no puedan son menos que humanos y por tanto una carga para la humanidad, ¡y deben ser eliminados!" era muy popular, y respondida con atronadoras ovaciones cuando acababa sus sermones. A la gente se le enseñaba a cuidar de sí mismos antes que nada, para asegurar su propia supervivencia. Así era como la humanidad sobreviviría, con cada humano luchando en su propio beneficio. Los débiles serían abandonados, quedando sólo los más fuertes. La supremacía de la humanidad estaba asegurada con estas doctrinas.
Los mundos bajo el control de Bucharis se convirtieron en lugares peligrosos, en los que abundaban las bandas de saqueadores y nobles hambrientos de poder. Los vecinos luchaban entre sí y las familias quedaban divididas entre los restos de este caos. Aquellos que lograban destacar entre tanta confusión llamaban la atención de Bucharis, que les recompensaba con más poder. Compañías enteras de soldados mercenarios al mando de aquellos afortunados que obtenían el favor de Bucharis eran enviadas para restablecer el orden en nombre del Cardenal. Aquellos que servían bien al Cardenal Apóstata eran muy bien recompensados, y aquellos que le fallaban severamente castigados.
De esta forma los dominios de Bucharis se extendieron hacia el Norte y el Oeste. Temeroso de acercarse demasiado a la Tierra hasta que su poder fuera total, Bucharis prosiguió su sangriento avance aún más hacia el Norte. Hacia el Sur se detuvo cerca de la base de la Armada Imperial de Bakka, temiendo que la flota de Sehalla llamara la atención de las escuadras allí estacionadas. En el Norte dio un amplio rodeo alrededor de Cadia y el Ojo del Terror, atemorizado ante la idea de que su dominio duramente conseguido atrajera la atención de los Marines Espaciales del Caos.
Con casi todos los sistemas estelares de una enorme región del espacio firmemente bajo su control, avanzó aún más. Tres regimientos más de la Guardia Imperial se unieron a los mercenarios de Gasto. Creyendo ciertas las historias sobre la destrucción de la Eclesiarquía y el Adeptus Terra, las naves de la Flota de Combate Pacificus en Hydraphur se pusieron a las órdenes del Cardenal Apóstata. Bucharis estaba preparado para enfrentarse al poder de la Tierra, esperando que la astucia y la sorpresa pudieran vencer la superioridad de sus enemigos. Afortunadamente para el Imperio, Bucharis estaba a punto de cometer su primer error.

LA BATALLA DEL COLMILLO

El continuo avance de Bucharis hacia el Norte le condujo hasta los territorios bajo la protección de los Lobos Espaciales. Como casi todos los Capítulos de Marines Espaciales durante la Era de la Apostasía, los Lobos habían decidido proteger su mundo natal y patrullar sólo los planetas más próximos. Cuando la inmensa flota de Bucharis surgió del espacio disforme para conquistar el sistema Albia, se encontró con el crucero Garra de Russ, que estaba preparándose para partir. Tras una corta batalla, durante la cual un crucero de la Armada y un transporte quedaron dañados, los Lobos Espaciales lograron saltar al espacio disforme y escapar. La arrogancia de Bucharis iba a costarle muy cara. Consideró el encuentro como algo casual, y pronto comenzó a conquistar otros sistemas del sector. Sin embargo, en el quinto sistema en el que aterrizó se encontró con algo demasiado poderoso para él.
Era el sistema en el que se encontraba Fenris, el planeta natal de los Lobos Espaciales. En cuanto la flota de Bucharis salió del espacio disforme, fue atacada por la flota de guerra de los Lobos. Aunque superados en número y armamento por las naves más grandes de la Armada, los Marines Espaciales destruyeron o inutilizaron gran parte de la flota de Bucharis antes de retirarse hacia el interior del sistema, desde donde continuaron lanzando ataques relámpago durante el resto de la guerra.
A pesar de tener dos terceras partes de su flota ocupadas en destruir las naves de los Lobos Espaciales, Bucharis consiguió atacar el planeta Fenris. Muchos de los transportes fueron destruidos por las tormentas en las capas superiores de la atmósfera, mientras que otros eran abatidos por las baterías láser de defensa planetaria. Sin embargo, se estableció una zona de aterrizaje y miles de Guardias Imperiales renegados desembarcaron en el mundo helado. A pesar de las adversas condiciones meteorológicas, los feroces guerreros bajo el mando de Bucharis juraron vengarse de los Lobos Espaciales por la muerte de sus camaradas.
Los Fenrisianos capturados fueron esclavizados y obligados a trabajar para abastecer al ejército de Bucharis de los materiales necesarios. Fueron obligados a construir improvisadas carreteras sobre las traicioneras llanuras heladas, y a talar los enormes árboles de los bosques de Fenris para suministrar combustible a las hogueras y a las versátiles máquinas de los tanques de la Guardia Imperial. Sin embargo, los Fenrisianos no eran fáciles de dominar, y tenían que ser vigilados de cerca para que no intentaran rebelarse contra Bucharis y atacar a su ejército donde más daño podían causar. Comunidades enteras fueron masacradas, y los asentamientos arrasados hasta los cimientos. El resistente ganado de las pocas granjas dispersas fue sacrificado para los festines de Bucharis y sus oficiales, las mujeres esclavizadas y los jóvenes o viejos ejecutados para alegría de los grandes cuervos carroñeros que describían círculos en el cielo del inhóspito planeta.
El avance de Bucharis continuó, y sus enormes columnas avanzaron inexorablemente hacia el Colmillo, hasta que la antigua fortaleza quedó sitiada. Llegaron más tropas al sistema y aunque muchos transportes fueron destruidos por los ataques sorpresa de los restos de la flota de los Lobos Espaciales, las montañas y valles que rodeaban la fortaleza hormigueaban con los ejércitos del Cardenal Bucharis. Gigantescos cañones de asedio bombardeaban la fortaleza día y noche mientras el oscuro cielo se iluminaba con miles de destellos y energías de las Pantallas de Vacío. Las explosiones estremecían las montañas de Asaheim, causando nuevas avalanchas y una mayor destrucción. Andanadas disparadas desde las naves situadas en órbita abrieron enormes grietas en las escarpadas laderas, pero las murallas del Colmillo resistieron.
Las salidas y contraataques de los Lobos Espaciales destruyeron las construcciones de asedio de los traidores y sus enormes cañones. Los ataques por sorpresa de los Exploradores Lobo interrumpían las líneas de suministro, y durante semanas los cañones permanecían en silencio por falta de munición. Utilizando pasajes secretos que cruzaban las montañas y comunicaban el Colmillo con cualquier otro punto de las montañas Asaheim, los Lobos Espaciales penetraban profundamente en las líneas enemigas.
Lanzando gritos de batalla que helaban la sangre, los Garras Sangrientas atacaban a los soldados de Bucharis amparados en la oscuridad de los bosques, despedazando a sus enemigos con manos y dientes para ahorrar municiones y generadores. Los Colmillos Largos emboscaban a los grandes convoyes de tanques, volando a menudo montañas enteras para aplastar a sus enemigos bajo una avalancha de rocas gigantescas. Los Dreadnoughts se abrían paso entre las columnas enemigas que avanzaban, dejando un rastro de destrucción a su paso.
Semana tras semana, mes tras mes, el asedio continuó. Bucharis ordenó ataques suicidas contra las puertas blindadas del Colmillo, prometiendo riquezas incalculables al primer hombre que las cruzara. Cada vez que las fuerzas de Bucharis atacaban, los Lobos Espaciales las rechazaban inflingiéndoles pérdidas terribles.
El asedio prosiguió durante tres sangrientos años. Un ataque tras otro, un bombardeo tras otro, se abatieron sobre los muros y puertas del Colmillo, y sin embargo la fortaleza siguió siendo inexpugnable. Bucharis envió más y más soldados, hasta que incluso las tropas en la distante Gathalamor quedaron reducidas a una cuarta parte de sus efectivos. Creyendo que sus dominios estaban seguros, reunió a sus ejércitos para el ataque final y así terminar con toda resistencia. Pero el destino intervino una vez más para infligir un golpe terrible a los planes de Bucharis.
Más allá del último planeta del sistema, la realidad se desgarró para dar paso a una flota de guerra que surgió del espacio disforme. Cuando las naves se acercaron a investigar, tuvieron que enfrentarse a una flota de combate de los Lobos Espaciales que regresaba a su planeta natal. Los Lobos no lo pensaron dos veces y atacaron inmediatamente, destruyendo casi la mitad de las fuerzas de Bucharis en el primer ataque. Atrapado entre los recién llegados y el ataque de las restantes naves situadas en el centro del sistema, el Almirante Sehalla ordenó la retirada. Los Lobos Espaciales no perdieron el tiempo persiguiéndoles y se dirigieron hacia Fenris.
El contraataque de la Gran Compañía de Kyrl Grimblood destruyó decenas de miles de Guardias Imperiales traidores durante la primera semana. Fueron expulsados de los pasos de las montañas, y aquellos que sobrevivieron para llegar a las llanuras de Asaheim murieron igualmente. Las manadas de lobos gigantes y el clima despiadado mataron a todos y cada uno de los invasores. El Cardenal Apóstata logró escapar en una lanzadera y reunirse con Sehalla, que había regresado del espacio disforme para contactar brevemente con su aliado. Abandonando Fenris a los Lobos Espaciales, Bucharis regresó con sus fuerzas del Norte y consolidó su control sobre el resto de sus dominios.

REBELIÓN EN CHIROS

A causa del ataque a Fenris la expansión del imperio de Bucharis no había progresado al mismo ritmo que anteriormente, pero no se había detenido. Disponía de muchos comandantes que seguían avanzando hacia el Oeste, y muchos sistemas más habían caído en sus manos durante la Batalla del Colmillo. Sin embargo, empezaron a llegar informes de derrotas en un sistema recientemente descubierto: Chiros. Chiros no era un planeta desolado y pobre, como Gathalamor o Rhanda; era un mundo de bosques que ocupaban continentes enteros, profundos lagos y llanuras de hierba, que contaba con una población de varios millones de habitantes.
La mayor riqueza de Chiros eran los artículos de lujo que exportaba: pieles exóticas, elixires y narcóticos sorprendentes destilados a partir de la flora y fauna locales, y otras extravagancias. Bucharis no podía entender por qué un planeta tan próspero se arriesgaba a ser destruido por oponerse a él. Abandonando sus conquistas cercanas a Fenris, ordenó el regreso del resto de su flota y el ejército a Gathalamor mientras él consideraba el problema.
El Cardenal Apóstata se enteró de que, a pesar de la enorme carnicería que se había producido en el mundo de Chiros, los Chirosianos no se rendían. El comandante al cargo del ataque había restringido el uso de las armas más poderosas de su arsenal, temiendo dañar la belleza y riqueza natural del planeta, que podría convertirse en lugar de retiro del Cardenal.
Bucharis estaba complacido con la previsión del comandante, y le envió tres compañías más de tropas, esperando que con esos refuerzos pronto podría estar cazando los abundantes venados de Chiros, persiguiendo a sus presas por las suaves colinas de ese paraíso natural. No sería así. El capitán mercenario al mando del ataque a Chiros informó con pesar de su rendición ante los Chirosianos. Bucharis estaba asombrado. Sabía que los soldados de la Guardia Imperial no eran los más preparados de la Galaxia, pero un regimiento completo de ellos debería haber sido capaz de derrotar fácilmente a cualquier pequeña fuerza rebelde que hubiesen podido reunir los Chirosianos.
Los agentes de Bucharis regresaron del sistema con informes más detallados. Los mercenarios no se habían enfrentado a unos pocos cientos de defensores mal armados y escasamente motivados. La población entera se había sublevado contra ellos, cada uno con su rifle de caza y otras armas. Había millones de tiradores en las colinas y los bosques, emboscando a los soldados de Bucharis y matándolos a docenas antes de utilizar perdidos senderos para refugiarse una vez más en la espesura. Todo el planeta era hostil, no había suministros, las tropas no tenían ningún respiro y cuando una escuadra suicida cargó contra el centro del campamento del capitán e hicieron explotar los explosivos caseros que portaban, el ejército perdió la voluntad de lucha.

EL CAMINO HACIA GATHALAMOR

Poco después de Chiros, otro mundo consiguió rebelarse con éxito: el planeta minero de Guryan. Los mineros se habían alzado con taladros y martillos, estrangulando a los últimos defensores de la guarnición con sus propios grilletes. Después de Guryan vino Dolsia, después Vaust. Las rebeliones seguían un camino a través de los dominios de Bucharis, dirigiéndose exactamente hacia Gathalamor. Bucharis tendió una emboscada en Colcha a la naciente fuerza insurgente, y cuando la pequeña flota surgió del espacio disforme fue atacada y prácticamente aniquilada. Una lanzadera, sin embargo, logró alcanzar la superficie del planeta.
Preocupado por la lanzadera que había aterrizado, el Comandante General Fredreich Khust mantuvo a sus hombres en estado de alerta máxima. La espera continuó durante un mes, después dos meses, más tarde tres y por fin medio año. Una año más tarde, casi el mismo día, los tranquilos granjeros de Colcha se transformaron en locos asesinos. Quemaron sus propias cosechas, atacaron los campamentos locales con escopetas primitivas y herramientas de labranza, pereciendo tres cuartas partes de ellos. Lanzaron sus enormes manadas de gigantescos Gors contra las compañías de tanques. Las estampidas de las bestias, cada una del tamaño de una casa, aplastaron las máquinas de guerra. Construyeron diques en los ríos e inundaron las ciudades en las que estaban atrincherados los hombres de Khust, arrasando sus propios hogares. Incluso los más ancianos y niños lanzaban granadas caseras fabricadas con el combustible destilado localmente, incendiando vehículos y cuarteles. En sus dos continentes los habitantes de Colcha se sacrificaron para expulsar a sus esclavizadores.
Las arcas de Bucharis -tras ser expulsado de Colcha, y después de Lima Rogan, Troudor y otra veintena de mundos- empezaban a vaciarse más rápidamente de lo que se llenaban. Muchos de sus soldados desertaban, y se produjeron luchas internas incluso entre los oficiales de alta graduación. Y las revueltas continuaban, como una flecha apuntando al corazón del Cardenal Apóstata. Por último Methalor, el sistema más cercano a Gathalamor, cayó, con su principal ciudad colmena destruida por un incendio infernal provocado por sus habitantes al sobrecargar la planta de energía geotermal.
Bucharis dobló el cordón de seguridad alrededor de su propio sistema y ordenó que todas las naves fueran registradas minuciosamente. Poco después de la caída de Methalor llegó al Palacio Cardenalicio de Gathalamor un mensajero. Con gesto arrogante y voz severa anunció que era un enviado del Confesor Dolan Chirosius. El Confesor Dolan exigía la inmediata rendición de Bucharis. Se ordenaba al Cardenal dimitir de su puesto y acogerse a la misericordia del Emperador. Y lo más importante, debía renunciar a sus herejías y abandonar la idea de autoredención.

EL GRAN CONFESOR

Los restos del mensajero fueron clavados en las puertas del Palacio, donde las ratas y los cuervos lo devoraron. El Confesor Dolan llegaría pronto a Gathalamor, y Bucharis quería que la primera imagen que tuvieran sus esclavos de él fuera la de un hombre encadenado y azotado por las calles. Pronto, la lanzadera de Dolan fue abordada y el Confesor detenido, acusado de varios cargos de herejía y traición al Emperador.
Tal como Bucharis había prometido, Dolan fue encadenado y arrastrado por las calles. Los soldados del ejército de Bucharis le azotaban con flagelos y le arrojaban piedras. Le clavaron ganchos en el cuerpo y le colgaron pesos de ellos, obligándole a seguir caminando a patadas y puñetazos. Sin embargo, la multitud alineada en las calles tenía un aspecto hosco y circunspecto. No había gritos de ánimo, pero tampoco de condena.
Dolan fue arrastrado así por todo el continente, un viaje de seis meses repleto de constantes torturas y tormentos. No se le dejó dormir, se le privó de comida y sólo tenía un sorbo de agua putrefacta para sobrevivir. Sin embargo, a pesar de todos estos padecimientos, su brillante mirada no se apagó y nunca agachó la cabeza ante los golpes de sus acusadores.
Bucharis ordenó un juicio público contra Dolan, acusándole de blasfemia y herejía, además de los crímenes de traición, sedición y rebelión. Quería que Dolan muriera, pero no quería proporcionar un mártir a la desesperada gente que mantenía bajo su yugo. Dolan debía ser públicamente humillado y escarnecido, hallado culpable de los cargos de los que se le acusaba. Sólo cuando se demostrara que era un enemigo de la humanidad moriría lenta y dolorosamente.
El juicio fue retransmitido para todos los dominios de Bucharis, para que aquellos que lo presenciaran no tuvieran dudas de su validez. Por supuesto, Bucharis no tenía la menor intención de proporcionarle a Confesor Dolan un juicio justo, pero ante las masas debería parecerlo. Siguiendo todos los procedimientos y precedentes correctos, Dolan y cientos de testigos fueron careados e interrogados. Dolan aceptó ser su propio defensor y cuando después de cinco meses la acusación terminó su intervención, un centenar de mundos esperaban impacientes.
Dolan explicó cómo había empezado a predicar a los habitantes de Chiros, explicando la tiranía de Bucharis y condenando las falsas doctrinas del Cardenal Apóstata. Les inspiró el deseo de luchar por su libertad, incitando a los habitantes de las ciudades con sus apasionados discursos. Este poder pudo comprobarse en su propio testimonio. Sus ojos ardían con celo religioso, gesticulaba enérgicamente para realzar sus opiniones y sus ideas llegaban a los corazones de quienes le escuchaban, prendiendo con fuerza. Era un hombre apasionado, algunos dirían que loco. Pero era leal al Emperador y sus enseñanzas. Soportaría cualquier sacrificio e indignidad con tal de ver caer a Bucharis, y transmitió ese odio feroz a quienes le escucharon.
Dolan habló durante tres días ante el tribunal, declarando cómo había convencido a los agricultores de Bellis XIV para que condujeran sus enormes máquinas cosechadoras hacia los campamentos enemigos para recoger una sangrienta siembra de cuerpos humanos, aunque murieran en el intento. Dirigió a los Farraditas cuando cargaron contra la Torre Inmortal, animándoles a seguir incluso tras la muerte de nueve mil de ellos a causa de los campos de minas y las baterías activadas por movimiento. Fue un discurso el suyo que enfureció de tal manera a la población de la ciudad colmena de Resto Primus que sobrecargaron la red de energía geotérmica, destruyendo el continente en una serie de erupciones volcánicas y terremotos. "¡Qué importa, -gritaba mientras levantaba ante sí sus puños crispados- si se pierde un hogar o incluso un mundo queda destruido, si con ese sacrificio se logra acabar con la maldad y las herejías de los peores enemigos del Emperador!"
Después de su larga diatriba, Bucharis habló. Explicó cómo el propio testimonio de Dolan le había condenado, que había reconocido libremente todos los graves delitos y crímenes de los que había sido acusado. No había negado ni un solo cargo. El Cardenal se dirigió a sus seguidores, reiterando la flagrante oposición de Dolan a la verdadera autoridad de la Eclesiarquía. Calificó a Dolan y sus seguidores de anarquistas e idólatras, una amenaza para la estabilidad de todo el Imperio. Sus actos de rebelión y herejía no le dejaban otra elección que ordenar su ejecución. Apelando a la misericordia del Emperador por el alma de Dolan, Bucharis ordenó a sus hombres que condujeran al Confesor a las mazmorras.
Durante casi ocho meses Dolan padeció tormentos desconocidos a manos de los torturadores de Bucharis. Cuando por fin murió, colgaron su cuerpo de las paredes del Palacio, para que lo devoraran los perros y los buitres. Su cuerpo había quedado terriblemente desfigurado. Tenía la carne marcada por horribles quemadura y cicatrices mal curadas, que mostraban el dolor y el sufrimiento que había padecido. A pesar de los tormentos que se habían infligido a su cuerpo, la cara de Dolan mostraba una calma y serenidad que se extendía a todo su cadáver. Aquellos que lo veían lloraban abiertamente, aunque cualquiera que mostrara pena fuese acusado de hereje y ejecutado. Los carroñeros nunca tuvieron su festín: el cuerpo de Dolan desapareció poco después y nunca fue encontrado.

LA MUERTE DE UN TIRANO

El plan de Bucharis para arruinar la reputación de Dola fracasó completamente, volviéndose en contra suya. Al permitir que Dolan hablara, le había dado la oportunidad de extender su mensaje más allá de lo que hubiera podido él sólo. Al anunciarse la muerte del Confesor los dominios de Bucharis estallaron en una revuelta generalizada. Casi simultáneamente, los habitantes de un millar de mundos atacaron a sus crueles Gobernadores. Inspirados por el sacrificio del Gran Confesor, millones de hombres, mujeres y niños se enfrentaron a sus enemigos con las manos desnudas. El propio palacio de Bucharis fue asaltado, y traidores dentro de sus propias filas abrieron sus puertas para que los fieles obtuvieran su venganza.
Bucharis huyó mientras los pocos sirvientes leales que le quedaban trataban de contener la marea humana que inundaba los pasillos y salones, destruyéndolo todo a su paso. Utilizando la red subterránea de túneles del palacio llegó hasta el espaciopuerto, donde intentó embarcar en una lanzadera abandonando y dejando atrás todo lo que había conseguido con tal de salvar la vida. Pero una vez más sus colaboradores más cercanos le traicionaron, con la esperanza de salvarse ellos mismos del salvajismo de la plebe. Advertidos de la inminente escapada de Bucharis, los habitantes de Gathalamor rodearon el espaciopuerto y se lanzaron contra las vallas electrificadas hasta que se sobrecargaron los generadores. Bucharis no llegó a alcanzar la nave. La muchedumbre le atrapó a los pies de la rampa de embarque. Fue despedazado, engullido por una multitud de cientos de miles de personas que clamaban venganza. Su cuerpo nunca fue recuperado. Cuando la multitud se dispersó, las cenizas de una hoguera era todo lo que quedaba para señalar el lugar en el que Bucharis había muerto.



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