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La Tigresa y El Escorpión [fragmento 1º] (1ªParte)

(7692 palabras totales en este texto)
(832 lecturas)  Versión imprimible
Rómulus IV y Remus. Dos mundos bajo control imperial sin ninguna conexión entre sí. Ambos distantes y con modos de vida distintos. Rómulus IV era un mundo aristocrático, mientras que en Remus los combates gladiatoriales eran un modo de vida. Sin embargo, cuando una rebelión en Rómulus IV forzó la intervención de la guardia imperial remusiana y de los Ángeles Sangrientos, ambos nombres quedarían para siempre unidos y plasmados en los anales históricos del capítulo de los hijos de Sanguinius.

Rómulus y Remus Devine, los divinos Rómulus y Remus. Ellos eran romulianos de nacimiento; pero fueron acogidos por los Ángeles Sangrientos para convertirse en marines espaciales, los paladines de la humanidad.

Rómulus, capitán Rómulus en realidad, estaba ahora al mando de toda una compañía de Ángeles Sangrientos, la 6º Compañía. Su ascenso desde el grado de sargento estaba marcado por una serie de desafortunadas casualidades. Cuando el capitán Maneo cayó en combate ante los eldars, el anterior oficial al mando de la compañía, Aertes Dragmatio, le eligió por sus dotes de mando para ser su mano derecha. Cuando Aertes desapareció durante los conflictos mineros de Malevant II, nuevamente fue a Rómulus a quien se eligió para suplirle.
A su jovencísima edad Rómulus era ya responsable de toda una compañía, un peso que soportaba con enorme orgullo y gran habilidad. Como segundo al mando de Aertes había sido un buen oficial, pero cuando asumió el mando de la 6º sus dotes se potenciaron de tal modo que nadie encontró explicación. De repente era capaz de diseñar estrategias perfectas en muy poco tiempo y mostraba una seguridad que a su edad faltaba en muchos sargentos y suboficiales.
Bien poco podían imaginar que no era sólo su lealtad al Emperador y la memoria de Sanguinius lo que enardecía su alma para la batalla. En su corazón había alguien más, cuya presencia era todo lo que Rómulus necesitaba, toda la inspiración y el valor que podían faltarle los encontraba en la memoria de ella, y en la esperanza de volverla a ver. Mau, del capítulo de los Tigres Nevados. Una marine espacial a quien conoció poco después de su ascenso a capitán. Luchó contra ella en una ocasión y desde entonces luchaba siempre por ella en cada campaña, por volver a ver sus ojos azules de tigresa.

Remus, por el contrario, nunca se sintió atraído por la posición de los oficiales. Tanto él como su hermano habían servido en la misma escuadra como exploradores, pero cuando fueron iniciados en el capítulo como marines les separaron: Rómulus fue asignado a una escuadra de asalto en la pronto llegó a ser el sargento y Remus sirvió como marine devastador.
Desde entonces Remus seguía siendo marine raso. Manejaba todo tipo de armas pesadas mejor que ningún otro miembro de la 6º Compañía y había recibido varias veces el galardón al mejor tirador. Habiendo rechazado todos los ascensos que se le habían propuesto, Remus era consciente de que no compartía la inteligencia de su hermano. Su pasión era para con Sanguinius y el Emperador; sólo anhelaba servir al capítulo haciendo lo que mejor sabía, y lo hacía mejor que nadie.

-     ¡Moveos!, ¡vamos, avanzad!. ¡El enemigo está ahí delante!.

La base de operaciones de los Ángeles Sangrientos era realmente digna de ver. Erigida en su exterior con mármol de sangre importado de las montañas de Baal, con larguísimas hileras de columnas que decoran sus soportales y enormes torres y estructuras emergiendo aquí y allá.

-     ¡Vamos, si esto fuera una batalla real habríais muerto treinta veces cada uno!. ¡Movéos!, ¡más deprisa!.

No lejos de allí podía verse mucha actividad.
Numerosos vehículos blindados de color rojo y cargados de emblemas avanzaban y giraban, apuntaban y disparaban contra inertes blancos lanzando el eco de sus detonaciones sobre las montañas bajo el cielo púrpura del anochecer.
Innumerables escuadras de marines ensayaban maniobras y practicaban puntería y combate cuerpo a cuerpo para prepararse a los horrores que les aguardarían durante el resto de sus vidas al servicio del Emperador y la Humanidad.

-     ¡Eso es! ¿Oís los disparos o tengo que apuntar más cerca de vuestras cabezas de Grox?.

Sobre una torre de observación construida en duro plastocemento gris, el capitán Rómulus observaba las evoluciones de un grupo de neófitos en armadura de caparazón a medida que los veteranos sargentos les instruían. Transmitía sus órdenes a voces, las cuales eran repetidas por los instructores en un lenguaje mucho menos selecto que el que él empleaba.
El capitán estaba solo bajo el techo de la torre. Aún no había nombrado a su segundo al mando y por alguna razón no se sentía obligado a ello. Se encontraba en la base de operaciones Sangre de Sanguinius CXII, en un remoto sistema escasamente habitado que los Ángeles Sangrientos empleaban como campo de maniobras para sus naves estelares.
Rómulus se había esforzado en olvidar el nombre del mundo en el que se encontraban. No soportaba tener que permanecer allí por orden del Señor del Capítulo Dante a causa de las acusaciones que el gran inquisidor Nagash le había lanzado a él y a la 6º Compañía.

Los exploradores de allá abajo respondían perfectamente al entrenamiento. Las pistas de plastocemento plagadas de obstáculos de arquitecturas irrealistas no suponían ningún impedimento a su avance, como debía ser.
De vez en cuando, alguno de los sargentos tomaba un bólter o una escopeta y empezaba a disparar sobre ellos sin previo aviso para ver su reacción. Aparte de abrir agujeros las pistas, no conseguían otra cosa con ello. Algunos de los neófitos incluso sonerían cada vez que un proyectil impactaba cerca.
-     ¡Sargento Crasso! –gritó Rómulus hacia un marine embutido como él en una servoarmadura roja que estaba justo bajo al sombra de su torre-. ¡Formad dos equipos con los neófitos y que hagan una demostración de cuerpo a cuerpo en la pista de los escombros!.
-     ¡A vuestras órdenes, capitan! –fue la seca e instantánea respuesta -. ¡Ya lo habéis oído, todos a la pista de escombros!.
En aquel momento, los altavoces instalados en las altas columnas para iluminación nocturna gritaron un reclamo metálico.

Capitán Rómulus Devine, presentaos en la capilla de operaciones 7.

La llamada insistió varias veces, pero para cuando empezó la segunda repetición Rómulus ya había saltado por encima de la baranda. Cayó a plomo los siete metros de la altura de la torre y terminó en el suelo con un pesado sonido de metal contra plastocemento.
-     Continuad, sargento –dijo a Crasso antes de encaminarse hacia la fortaleza.

El interior era muy diferente al aspecto ancestral que ofrecía el mármol de sangre de fuera. Los pasillos de oscuro rococemento sustituían al rojo excepto en las capillas y salas de operaciones. Cuando llegó a su destino, unas pesadas compuertas metálicas abrieron sus fauces para permitirle entrar.
Lo primero que saltaba a la vista en aquella capilla era una efigie en oro macizo del hermano-capitán Tycho presidiendo la sala, quien cosechó grandes victorias contra los orkos al mando de la 2º Compañía hasta que encontró su desafortunado fin en Armageddon.
Lo segundo fue el propio Señor del Capítulo Dante. Estaba allí, aunque no del todo. Se trataba de una imagen holográfica proyectada por el sistema de comunicaciones interfásico; el verdadero Dante estaba en la fortaleza-monasterio del capítulo, en Baal, observándole a través de su doble proyectado. Su extraordinaria servoarmadura artesanal, que imitaba la del propio Sanguinius, parpadeaba de vez en cuando.
Dante era más alto que Rómulus, pero sus facciones eran no menos suaves y juveniles a pesar de tener ya un milenio y un siglo a sus espaldas. Su cabello rubio, corto y dorado, se ensortijaba en su cabeza como en las estatuas de querubines angelicales que podían verse en cada rincón de aquella sala.
-     Ah, capitán Rómulus. Habéis sido rápido –le dijo uno de los numerosos sirvientes saludándole con un asentimiento.
-     Tomé un atajo –afirmó Rómulus devolviendo el saludo hacia la holoimagen de Dante-. Mi señor...
-     Saludos, Capitán –Dante era mucho más seco y su voz no provenía de la boca de la imagen, sino del altavoz de una de las consolas.
En el resto de la amplia sala con aspecto de catedral en miniatura los sirvientes siguieron atendiendo sus quehaceres en los cogitadores y consolas distribuidos por la pared. Rómulus se acercó al grupo formado por Dante y tres servidores más en el centro de la sala junto a una enorme mesa de holomapas y transmisiones.
El sirviente más alto, el que le había hablado, fue el primero en informar: - Capitán, acabamos de recibir esta transmisión desde el sistema Nelo. Como bien sabéis ese sistema no está lejos, en términos estelares, de nuestra base de operaciones. Está codificado como solicitud de apoyo inmediato por parte de marines espaciales, pero el emisor no sigue las pautas estándar del Codex Astartes.
-     Tampoco nosotros lo hacemos –puntualizó Rómulus.
-     Lo sé, no es vuestra sabiduría en ese campo lo que nos ha impulsado a reclamaros, capitán. Escuchad.
El sirviente pulsó unas runas y sobre la mesa de cristal apareció una pantalla holográfica. Sólo mostraba una representación visual de un osciloscopio de reconocimiento de voz: apenas una línea verde sobre fondo negro que se alteraba con los sonidos del mensaje.

¡Este es un mensaje para el capitán Rómulus Devine de los Ángeles Sangrientos!. ¡Capitán, marine Nekoi de los Tigres Nevados al habla!. ¡Necesitamos refuerzos lo antes posible en el mundo industrial de Cralti V!. ¡Las fuerzas del Caos nos han rodeado y han aislado a muchas de nuestras fuerzas por todo el sector Gamma-14!. ¡Karakal y toda su escuadra, repito: toda su escuadra, se dan por desaparecidos!... ¡Necesitamos su ayuda!. ¡Nekoi fuera!.

-     Confío en que comprendáis nuestra sorpresa, Capitán –dijo el falso Dante cruzándose de brazos-. No tenemos trato alguno con el capítulo de los Tigres Nevados. Yo mismo ignoraba su existencia hasta hace unos minutos. Sin embargo quien ha enviado este mensaje se ha dirigido expresamente a vos; su dialecto de batalla dista bastante del habitual; y corregidme si me equivoco pero esa era una voz femenina. Nos gustaría que nos concediérais oír alguna explicación.
-     Hemos analizado la trasmisión –intervino el sirviente- y no hay duda: quien habla es una mujer y, sin embargo, afirma ser un marine espacial.
Dante no obtuvo respuesta del capitán.
Rómulus había quedado congelado mirando la imagen osciloscópica, que ahora estaba fija y parpadeante. Nekoi le había querido decir algo muy concreto: Karakal y toda su escuadra desaparecida... “Mau”, se dijo en su mente, “Mau... desaparecida”.
-     Capitán...
-     ...
-     ¡Capitán!
-     ¡Señor, la 6º Compañía solicita permiso para partir de inmediato en misión de rescate!.
-     No tan deprisa. Antes queremos saber quienes son los Tigres Nevados y cómo es que parecen conoceros lo suficiente como para ignorar los protocolos estándar de comunicación.
-     ¡No tenemos tiempo para esto, mi señor!.
-     ¡Yo decidiré el tiempo de que disponemos, Rómulus!. ¡Ya le habéis costado al capítulo un enfrentamiento con la inquisición!, ¡no penséis que os permitiremos salir de esa base sin estar al tanto de todos los detalles!.
Rómulus suspiró molesto. Sus siguientes palabras brotaron rápidas e insípidas: - Los Tigres Nevados son un capítulo de marines espaciales leales, señor. Su mundo natal está en Tigrit IV, un planeta clase salvaje muy parecido al mundo de Fenris. Su patrón progenogenético y los implantes de biomaquinaria que emplean muestran mucha mayor compatibilidad con el metabolismo femenino humano que con el masculino; lo cual, unido al patrón fuertemente matriarcal de sus sociedades tribales, provoca que la gran mayoría de los marines del capítulo sean mujeres.
Los tres sirvientes se miraron entre sí en silencio antes de empezar a cuchichear por lo bajo. Dante arqueó una ceja de oro en gesto de sospecha ante la rápida exposición de Rómulus acerca de un capítulo del cual él mismo no había tenido noticias en sus mil cien años de vida. Obviando muchas preguntas sin importancia que acudieron a su mente, el Señor del Capítulo saltó a la siguiente cuestión que consideraba importante: - ¿Habéis tratado con anterioridad con astartes de ese capítulo?.
-     Así es, mi señor –a Rómulus le estaba devorando la impaciencia, pero Dante no aceleró su tono por ello-. Quien transmite el mensaje es una conocida mía.
-     ¿Podemos saber en qué circunstancia?.
-     Durante una de mis semanas de permiso, señor, coincidí con algunos miembros de los Tigres en el mundo de recreo de Galatan, en el sector...
-     Sé dónde se encuentra Galatan. ¿Os acompañaba algún otro Ángel Sangriento durante ese encuentro?.
-     Sí, señor. Mi her... el marine devastador Remus estuvo conmigo. Precisamente el marine Remus solicitó un traspaso temporal al capítulo de los Tigres que le fue concedido y a su vuelta entregó un informe en el que relataba las semanas que pasó aprendiendo sus modos de batalla. Si me permitís la sugerencia, consultar dicho informe será más clarificador para vos.
-     ¿Informe?. No recuerdo informe alguno a este respecto.
Dante se volvió hacia alguien detrás de él, dirigiéndose a los siervos que debían de acompañarle en Baal.
-     Eh... quizá se extravió en el Librárium, mi señor –se oyó por el altavoz-. Haré que lo lleven a vuestros aposentos en seguida.
-     Eso espero –Dante cerró un puño irritado antes de volverse hacia los presentes.
-     Mi señor... –Rómulus imprimió más impaciencia a su voz.
-     De acuerdo, capitán Rómulus. Tenéis permiso para acudir a esa señal de socorro. Pero os ordeno extremar la cautela. La 6º Compañía ha perdido a demasiados buenos oficiales en poco tiempo.
Dante rodeó la holomesa y posó una enérgica mano en la hombrera de Rómulus en un gesto paternal como solía hacer Aertes. La mano holográfica era completamente intangible, pero Rómulus pudo sentir la emotividad del gesto. – No podemos permitirnos perder a ningún buen oficial más.
-     Cumpliré vuestra orden, mi señor –Rómulus le devolvió la mirada desde abajo con una sombra de satisfacción y orgullo.

Las compuertas de la armería parecieron abrirse con más furia de lo normal. El marine que entró podría ser perfectamente confundido con el capitán Rómulus. Sus jóvenes rasgos eran idénticos a los de él; ojos azules y cabello muy corto y rizado, pero el casco azul que colgaba de su cinto y sus hombreras desprovistas de galones le delataban como el devastador Remus, su hermano gemelo.
El enorme complejo de la armería tenía el aspecto de un arcanomuseo. El techo se elevaba más de cincuenta metros y las paredes no eran sino una vitrina de cristal tras otra que contenían las reverenciadas armas de los Ángeles Sangrientos. La 6º Compañía casi al completo se encontraba allí preparando sus armas y equipos en una bullente actividad. Los bólters eran configurados y comprobados, las espadas sierra engrasadas, los generadores dorsales limpiados, todo bajo la perenne mirada de los sargentos.
Remus pasó a rápidas zancadas a la sección de armas pesadas y abrió su taquilla. Cogió un kit de reparaciones de emergencia para armas y algo envuelto en un paño de seda blanca. Acto seguido se presentó ante uno de los servidores de suministros que pululaban por allí y pidió su bólter pesado, su fiel compañero de batalla.
Remus sentía una mezcolanza de emociones que apartó de su mente para concentrarse en su tarea. Alzó el objeto y retiró el suave envoltorio para evocar los recuerdos de su mente. Era un colmillo de tisar del largo de un antebrazo cuya superficie había sido tallada con la escritura rúnica de Tigrit IV. Remus no podía leer los signos pero le habían dicho su significado. Los Tigres le obsequiaron con aquel trofeo en memoria de su servicio con ellos y el devastador lo conservaba como un tesoro. En el extremo más ancho se había colocado una placa y una cadena, de modo que pudo colgar el gran colmillo de su bólter pesado con facilidad. Siempre había creído que un Ángel Sangriento había de ser un humilde y fiel servidor del Imperio. Era por ello que seguía fiel a su bólter pesado aunque era ya casi tan veterano como su propio sargento. Le bastaba saber que estaba cumpliendo con su deber y que servía al capítulo haciendo lo que mejor sabía. Los ascensos no significaban mucho para él, pues era consciente de que no gozaba de las dotes de mando de Rómulus.
Ya equipado y armado, Remus formó junto a sus compañeros de escuadra ante el sargento devastador Dálcabo para revista.
Dálcabo confiaba plenamente en ellos; eran los cuatro mejores artilleros de la compañía. Tras una rápida comprobación de cada uno en la que pasó por alto el adorno que colgaba del arma de Remus, el sargento ordenó marchar hacia los hangares.

Dos Thunderhawk estaban ya dispuestas para salir a la agonizante luz del crepúsculo. Estaban en las pistas de despegue, fuera de los enormes hangares, con las fauces mecánicas abiertas hacia los mismos para permitir el inminente embarco.
Las tropas disponibles de la 6º Compañía empezaron a formar ante ellas. La escuadra táctica Méranis fue la primera en abandonar la sombra del hangar. Eran diez hombres, dos de ellos equipados con un rifle de plasma y un cañón láser. El sargento Méranis llevaba su espada sierra de precisión incrustada en oro.
Tras ellos, dos escuadras de exploradores hicieron su aparición con sus armaduras ya camufladas con tonos grises y azules para la urbe. Al mando de una de ellas, el sargento Karpla seguido por sus neófitos equipados para el asalto y corto alcance con sus escopetas y pistolas bólter. Al lado de éstos, la escuadra Malenko portando rifles de rancotirador, bólters y un largo cañón automático que era llevado por un único hombre.
La escuadra Crasso venía inmediatamente detrás de éstos, seguida por un chirriante y anciano Razorback en cuyo frontal podía leerse Puño de Marfil. La torreta posterior, aún del modelo Tarántula que había de ser operado por un artillero, estaba armada con dos bólters pesados paralelos.
Los galardonados exterminadores del sargento Marcus llegaron después encabezados por el bibliotecario Virgilio Wolgiston. Los devastadores de Dálcabo no tardaron en aparecer tras ellos.
Poco después vino el gran sarcófago caminante del Dreadnought Fulventos. Fulventos había sido un prestigioso sargento devastador hasta que cayó ante las fuerzas orkas del caudillo Rorkrat. Ahora podía emplear su cañón de plasma para seguir propiciando apoyo pesado a sus compañeros y hermanos.
El último fue el capellán Sagos Tempestos, que hizo una aparición subido de rodillas al techo de un Rhino negro como la noche, el Nefasturris. El Rhino estaba decorado con multitud de incensarios colgando por sus laterales y pergaminos y sellos que rezaban la muerte para todos los enemigos del Emperador. Para la mayoría de los Ángeles Sangrientos de la 6º Compañía, el único terror de sus vidas era tener que marchar a la batalla a bordo del Nefasturris. En el interior de éste, cuatro marines estaban arrodillados, encadenados a las paredes como de catedral del habitáculo de pasajeros a la luz de un permanente foco rojo.

Rómulus no estaba cerca de allí. Estaba a más de un centenar de metros de las naves, en el oscuro desierto, mirando al horizonte. Acariciaba un mechón trenzado de cabello gris. Era de Mau; ella misma se lo regaló. Mientras la compañía terminaba de reunirse, al capitán le vino a la mente la primera vez que se econtró con los Tigres Nevados.
Cuando Aertes desapareció, Rómulus y Remus decidieron visitar Galatan. Allí fue donde conocio a Mau, su tigresa. Si bien el amor estaba prohibido para un Ángel Sangriento, mucho más grave era el amor hacia otro marine espacial. La primera vez que la vio quedó perplejo por su belleza infantil. Ojos azules con pupila de aguja; suave cabello gris; y aquella cola biónica de su armadura que la daba aquel aspecto tan encantador, aunque su verdadera función fuera equilibrar su cuerpo en aquellos movientos tan rápidos y arriesgados que a ella le encantaba realizar.
Podía recordarlo con toda perfección. Primero sus miradas se cruzaron. Se acercó a ella sólo para rescatarla de la soledad, pero pronto estuvieron charlando alegremente. Luego, por algún motivo que ya no recordaba, empezaron a pelear; una lucha que no fue sino un divertido juego entre cazadores, entre depredadores. Tigresa y escorpión danzando en el peligroso baile del combate hasta que sus labios quedaron unidos. Poco después apareció Karakal, el oficial superior de Mau y del resto de Tigres Nevados que habían acudido al bar en busca de diversión y paz. Karakal, el Tigre de Fuego, venía para llevárselas de nuevo al combate sin dejarlas disfrutar del permiso impuesto por el Codex Astartes. Rómulus luchó contra él apostándose un permiso completo de una semana para Mau y las demás Tigresas. Tras el combate, todo lo que quedaba de Rómulus era un despojo herido, agotado, aunque victorioso. Aquel fue el combate más doloroso de toda su vida, y nunca se arrepentirá de haberlo librado.
Oyó pasos tras él. Pasos firmes y seguros que hacían crujir la arena.
-     Capitán Rómulus, la 6º Compañía está formada y a la espera –dijo la voz del bibliotecario Virgilio.
-     Inicien el embarque. Iré en unos segundos.
Mientras el bibliotecario se alejaba, Rómulus apretó la trenza con los dedos.
“Voy en tu busca, amor mío. Juro, por mi sangre, que te encontraré”.

Bombardeado por las luces intermitentes de los indicadores, Rómulus se sentó en uno de los lugares reservados para oficiales de la segunda Thunderhawk, justo detrás de los pilotos. A su lado Virgilio estaba como durmiendo, con la cabeza baja casi asomando fuera de la cúpula blindada de su capucha psíquica. Por detrás de él, la escuadra Crasso y la escuadra Dálcabo se habían acomodado en la sección de pasajeros. Por debajo de los pilotos, el Razorback Puño de Marfil y el hermano-Dreadnought Fulventos reposaban en el compartimento de carga.
Virgilio sonrió para segundos después alzar la cabeza y abrir los ojos como si despertara. – El neófito Caronte nos desea buena suerte desde el Librarium de la base, capitán –dijo sin volver la vista.
Rómulus bufó una risita. - ¿Cómo van sus progresos? –preguntó.
-     Es un niño muy dotado. Con el adecuado entrenamiento será un poderoso Ángel Sangriento. Una vez sea llevado a Baal para su iniciación, no creo que tarde mucho en superar el rango de semántico.
-     Capitán Rómulus –llamó el piloto por el intercomunicador a pesar de encontrarse a apenas dos metros de él-. Tenemos permiso para despegar.
-     Adelante –ordenó escuetamente el aludido.
Las dos cañoneras efectuaron simultáneamente la ignición de sus motores principales lanzando chorros de o­ndulante aire hipercalentado sobre la pista de despegue. Se elevaron verticalmente como pesados buitres para después iniciar un rápido vuelo como dos puntos centelleantes hacia el crucero de combate que les llevaría a Cralti V.

Dante se encontraba en la sala de comunicaciones principal de la fortaleza-monasterio. El Señor del Capítulo percibía algo inquietante en torno a aquel asunto. Durante las revueltas mineras de Malevant II, que costaron la desaparición del Comandante Aertes, Rómulus provocó que el gran inquisidor Nagash solicitara una investigación en el capítulo en busca de un supuesto psíquico no autorizado.
Tal vez fuera un recelo instintivo hacia el joven capitán, o el sorprendente descubrimiento que había supuesto saber que existían mujeres marines, pero algo no estaba bien.







CRALTI V

La noche se cernía sobre los ruinosos monumentos al Imperio, sobre aquellos que aún tenían fé, fé que sin duda no les ayudaría a seguir vivos para ver un nuevo amanecer. Entre las ruinas se oyeron dos cortos silbidos, como el melódico canto de un ave al morir al que le respondieron dos golpes en una tubería abierta y desgarrada. Nekoi asomó su cuerpo lentamente entre las sombras hacia un torrente de luz de la luna del mortecino planeta, a su lado Ocelot caminaba sigilosamente. Atravesaron la fuente de luz como dos gatos en la media noche y se agazaparon tras un vehículo carbonizado.
Un par de gestos con la mano sirvieron para que Nekoi hiciera entender a su compañero el siguiente paso a dar. Ocelot se adelantó dos, tres, cuatro pasos hasta situarse detrás de un muro semiderruido que le ofrecía un buen escondite. Sus enemigos andaban cerca, podía sentirlo en su fino olfato, sentía el hedor de la muerte en sus fosas nasales hasta casi sentir una arcada. Aguantó un momento la respiración para calmarse y después siguió su camino.
Nekoi se deslizó detrás de su compañero, paso a paso, alerta a cualquier movimiento en las sombras de terciopelo muerto. En unos minutos se hallaban en el alzado de un montículo de ruinas desmenuzadas por el paso de vehículos pesados. Estaban tumbados observando desde la linea de visión que les ofrecía su posición privilegiada. Por delante de ellos se extendía lo que parecía ser una zona de reagrupamiento de las fuerzas del Caos. Algunos Sentinels de las fuerzas de adoradores estaban desocupados, colocados en hilera a la espera de órdenes mientras sus repugnantes pilotos se reunían en torno a las hogueras. Algo más allá pudieron ver una escuadra de marines de plaga, criaturas carcomidas cuya putrefacción y decaimiento parecía haberse propagado a sus armaduras oxidadas y cubiertas de limo. Estaban junto a un Rhino que enarbolaba un cadáver crucificado sobre el techo a modo de estandarte.
-     Estan muy confiados o es una trampa... –susurró Ocelot.
-     Estan muy confiados, mirales... completamente relajados... si fuera una trampa no se moverían con tanta calma –le contestó su compañera felina.
-     Bien... yo me encargo del Rhino y tu de los Sentinels. –comentó Ocelot sin quitar vista del campamento enemigo que se hallaba por debajo de ellos.
-     ¡A ti siempre te toca lo más fácil! –protestó malhumorada Nekoi.
-     Se siente, yo escogí primero –sonrió de oreja a oreja Ocelot poniéndose en pie agachado.

Deslizándose entre las cochambrosas ruinas, los dos tigrinos se separaron. Ocelot caminó con pies de plomo, sin un mero ruido que le delatase, hasta el Rhino y su compañera felina hacia los desprotegidos Sentinels. La joven Tigresa se deslizó por debajo de cada bípode y sacó un par de extraños artilugios rectangulares con un contador, que colocó y puso a dos minutos en cada uno, luego se retiró veloz en dirección contraria a la que había venido. Ocelot por su parte logró evitar la guardia de marines y deslizarse a la parte trasera del Rhino. Allí abajo apestaba de verdad, de modo que aguantó la respiración mientras instalaba tres cajas rectangulares en la zona de la panza del vehículo y la configuraba a dos minutos. Una de las abubndantes grietas supuró un gran grumo gelatinoso que fue a caer a pocos centímetros de la cabeza de Ocelot haciéndole gesticular una madición. Cuando salió de debajo del Rhino, corrió a reunirse con su compañera.
Pasó un minuto de calma. Ocelot y Nekoi se pusieron a cubierto.
Pasaron los dos minutos. Las cajas instaladas en los vehículos estallaron en un mar de fuego que convirtió la noche en día por breves instantes mientras Ocelot y Nekoi ahogaban sus risitas por haber dado tan duro golpe a su enemigo. Casi la mitad de los marines de plaga fueron devorados por la tremenda explosión del Rhino.
Antes de que el enemigo supiera que había pasado se oyó un rugido estremecedor por encima del montículo donde había estado observando los dos Tisarinos. Cinco motos de flamante color blanco, que a la luna se reflejaba con un aura de fantasmagórica presencia se alzaron en el cielo a plena potencia. La escuadra Cheeta había llegado. Se abalanzaron sorbe sus indefensas y confusas presas devorándolas al son del rugido de los Bolter y de las espadas sierra sesgando cabezas y cuerpos decadentes. Una de las Tigresas en su emoción se llevó a dos de sus enemigos por delante con un grito de guerra y euforismo.

Dos minutos después no quedaba nada salvo llamas incoherentes desperdigadas por el claro que fue el campamento de sus podridos enemigos, quienes no habían tenido una sola oportunidad de hacer nada.
De la moto principal, que mostraba una elegante cola biónica, se desmontó una joven de ojos verdes y cabello rubio, aquella de quien su escuadra había adquirido el nombre, Cheeta, la Señora de los Guepardos. Un par de ordenes al aire y el claro fue asegurado.
Cheeta avanzó hasta Ocelot y Rekoi, su rostro estaba medio tapado por un manto azul de rayas blancas sujetado por cuero chapado a su armadura.
-     Buen trabajo, chicos –susurró-, estoy orgullosa de vosotros, los Tigres vamos ganando terreno.
-     Pero... hemos perdido contacto con Karakal y los Tisarinos –susurró apenado Ocelot, este muchacho era uno de los pocos que había en todo el capitulo y su inocencia era notable.
Demasiado notable.
Cheeta asintió –Hemos recibido un mensaje de los Ángeles sangrientos, vendrán a aportarnos su inestimable ayuda. Buen trabajo, Nekoi –saludo marcialmente y se marchó hacia su moto.
-     Solo cabe esperar... –suspiró Nekoi.

La joven Nekoi se sentó en una roca a descansar del ajetreado dia-noche que habían tenido. Desde que llegaron al planeta no habían tenido ni un momento de descanso bajo el asedio continuo de las tropas de Nurgle. Parecía que todo avance era inútil y que nunca lograrian ganar esa batalla, sin embargo no perdían la esperanza. Las Damas de las Nieves con sus Tisares se encargaban de ello, de alentarles a seguir, a no perecer como no perecen las flores de las nieves que crecen en su patria. La flor de hielo... una flor que crecía en las tormentas de nieve, que se convertía en cristal y que se decía que si se sumergía en un cuenco de agua helada mostraba a quien deseabas ver... Nekoi deseaba tener esa flor en esos momentos... para saber como estaba Mau. Como estaba y donde estaba... aunque también le gustaría poder ver a alguien que había picado la curiosidad del corazón de la joven.
Ese muchacho, que estuvo una temporada con ellas, luchando codo con codo... nunca había llegado a hablar con él... solo le observaba en sombras. Tenía miedo de que fuera rechazada y además... no quería meterle en problemas... como lo estaban ya Romulus y Mau por la extraña relación que tenían. O Panter y ese lobo del que se había quedado prendada y del que todo el día hablaba. Echaba de menos el Bar del Lobo y a Remus... no podía evitarlo, no sabía que le pasaba.
Ocelot caminó entra las ruinas, pateando alguna que otra roca pensativo. Se sentía cada vez más solo, pero no debería serlo.. echaba de menos las juergas y los juegos de entrenamiento con sus hermanos neófitos.. había conocido algun chico que otro que no estaba nada mal... pero ya se sabe... como Ocelot había pocos... por no decir... ninguno.

CAPTURADOS

La luna era la única fuente de luz en aquella noche de nubes bajas y un montañoso mar de escombros y edificios derruidos eran lo único que iluminaba.
Las interminables ciudades del sector Gamma-14 habían quedado reducidas a la nada como por la mano de un dios enfurecido. Chorros de fuego, agua y gas escapaban de las conducciones subterráneas destruidas. La mayoría de los edificios que quedaban en pie habían sido reducidos a su mero esqueleto y el horrible olor a putrefacción inundaba por completo aquel lugar.

En lo que había sido una gran plaza, una multitud estaba reunida en torno a una estatua de verdoso cobre oxidado. Era la efigie indigna de un marine del Caos, la imagen del líder de los seguidores de Nurgle que habían asolado todo el sector, y que pronto se disponían a extender la peste y la enfermedad por todo el planeta.
La estatua estaba erguida en toda su altura. Una de sus manos sostenía un alto báculo y la otra agarraba majestuosa la capa que colgaba tras él. En el pedestal alguien había escrito “NEPHAUSTO EL NO SEDIENTO” con una pringosa sustancia de aspecto desagradable.
Los adoradores arrodillados alrededor de la imagen vestían largos faldones negros. Llevaban el torso al descubierto, mostrando una piel pálida que recubría una impresionante y corpulenta musculatura nada propia del aspecto enfermizo de aquella gente.

Cerca de allí media cara asomó por detrás de lo que había sido una esquina. Era un rostro curtido y duro, enmarcado por una barba y una melena rojas como el fuego.
Karakal el Tigre de Fuego, que así se le conocía, hizo un gesto a los otros cuatro marines de los Tigres Nevados que estaban ocultos a la vista por detrás de él, indicándoles que se retiraran.
Moviendo su servoarmadura con antinatural sigilo, el Tigre de Fuego se reunió con su escuadra, de la que él era el único varón. – Son demasiados –explicó en susurros-. Están ahí, admirando como borregos una estatua del cabecilla de los marines de plaga. ¡Podríamos barrerlos como la hierba... si pudiéramos pedir refuerzos!.
-     Están justo en medio de nuestro camino, sargento –apuntó una de las Tigresas-. Según las últimas informaciones, antes de perder contacto, debemos ir en esa dirección para encontrarnos con los demás.

La escuadra de Karakal había sido una de las fuerzas de Tigres Nevados fragmentadas durante el primer enfrentamiento con los seguidores del Caos. Un ejército combinado de marines de plaga y adoradores atacaró sin piedad a los marines tigrinos cuando aún no habían tenido timpo de reorganizarse tras su aterrizaje en cápsulas de desembarco, dispersándoles por todo el sector. Ahora el ejército de los Tigres se habían convertido en un puñado de guerrilleros incomunicados entre sí que pugnaba por hacer el mayor daño posible al enemigo.
-     ¡Vamos! –dijo Karakal-. ¡Hay que alejarse de aquí antes de que terminen sus rezos heréticos y se dispersen, o nos encontrarán!.
-     ¡Que nos encuentren! –farfulló otra de las Tigresas restregando sus garras unas contra otras-. ¡Estamos preparadas!.
-     ¡Magnífico, Dharr! –le reprendió irónico el Tigre de Fuego-, ¡Cinco de nosotros contra unos sesenta de ellos!. ¿Lo has olvidado?, ¡tu vida pertenece al Imperio, no puedes desperdiciarla como te plazca!. ¡Cállate y obedece!.
La escuadra rodeó la plaza por el perímetro exterior, siempre manteniéndose fuera de la vista. Se movían como albos fantasmas. Ni un ruido de más, ni un movimiento de menos. Cada paso era dado con cautela y sigilo inconscientes, fruto del efectivo adoctrinamiento y el instinto depredador inculcado por la hélice Felis.
Justo por detrás de Karakal, Mau avanzaba casi a gatas con movimientos suaves; fluidos y rígidos al mismo tiempo. Sus azulados ojos ajustándose a los mínimos cambios de luz causados por las nubes en movimiento.
Desde el centro de la plaza, hasta ahora en silencio, les llegó un discurso.
-     ¡Alabado sea por siempre Padre Nurgle!. ¡Y alabado sea por siempre su hijo Nephausto el No Sediento, pues él porta consigo la hermosura de la muerte!.
-     ¡Alabado sea por siempre! –respondió la multitud al unísono.
-     ¡Que sus enfermedades se extiendan por toda la galaxia, pues él es enviado por el propio padre de la enfermedad!. ¡Que él, quien en su humildad se mantiene incorrupto regalándonos a nosotros los dones de la putrefacción, sea por siempre protegido por Padre Nurgle!.
-     ¡Alabado sea por siempre!.
El discurso prosiguió, siempre respondido por las mismas palabras. El hedor del ambiente se hizo perceptiblemente más fuerte y nauseabundo mientras aquellas blasfemias eran lanzadas al aire impunemente.
-     ¡Me encantaría tener a ese Nephausto al alcance de mis garras –gruñó Mau para sí.
-     ¡Silencio! –la hizo callar Karakal.
De repente hubo un estruendoso ruido por detrás de ellos dos. El último de los Tigres Nevados había pisado una piedra suelta y caía resbalando por una loma de escombros arrastando todos los cascotes a su paso. El orador de la plaza enmudeció, siendo sustituido por el murmullo de docenas de gargantas hablando entre sí.
Los Tigres quedaron inmóviles como estatuas, pero aún se oían caer pedazos de plastocemento.
Mau se asomó lo mínimo imprescindible para descubrir que un grupo de adoradores venían en su dirección a investigar. Les habían oído, y así se lo indicó a Karakal con otro gesto.

Seis hombres llegaron al lugar en el que antes estaban los marines, pero no vieron nada. Vistos de cerca, su aspecto era mucho más preocupante. Su piel estaba ajada y les faltaban pedazos aquí y allá que descubrían una carne blancuzca y compacta. Deambularon unos momentos por allí buscando algún rastro de intrusos. Uno de ellos se encaminó hacia un enorme pilar de sustentación caído.
Desde detrás de su escondite, Mau pudo oír que unos pasos, acompañados por un aumento del olor, que se dirigían hacia ella. Apretó los puños, preparando sus Garras Tisarinas para atacar si fuera necesario.
El adorador se detuvo junto a la columna y miró en derrendor sin encontrar nada alarmante. Acto seguido se asomó al otro lado del pilar. Segundos después su cuerpo decapitado se desplomaba hacia atrás.
El resto de adoradores se alarmaron al grito de “infieles”, pero lo único que fue escuchado por el resto de los congregados en la plaza fueron algunos disparos bólter.
-     ¡Salgamos de aquí! –gritó Karakal sobre los restos de un hereje destripado por sus garras.
Los marines emprendieron una rauda carrera bajando por las cuestas de escombros a grandes saltos. Cuando los herejes les descubrieron, empezaron a dispararles con primitivas armas de proyectiles a la vez que les perseguían. Vociferaban histéricos y abrían fuego sin ton ni son, cegados por un fanatismo irracional.
-     ¡Tenemos un problema, sargento! –gritó una de ellas a medida que los disparos silbaban e impactaban a su alrededor.
Acto seguido la Tigresa recibió un balazo en plena corva, atravesando la débil protección de la junta y haciéndola cojear un par de pasos antes de que su propia velocidad la hiciera caer.
Karakal se detuvo de inmediato a pesar de que ella gritaba que la dejaran allí. Sin un momento que perder se la cargó al hombro y siguió huyendo.
Los Tigres hicieron varios disparos hacia atrás sin dejar de correr, abatiendo a algún que otro adorador, pero la mayoría volvía a levantarse ignorando las grandes heridas abiertas en sus cuerpos purulentos.
Mirando al frente, Mau vio que otro contingente de adoradores les salía al paso. Atradidos por el ruido de sus camaradas, los siervos de lo caótico de todos los alrededores les negaron la escapatoria en todos los ángulos. Estaban rodeados.

ÁNGELES ALADOS

Atención. Atención. Fuerzas de la 6º Compañía, dispónganse para desembarco de emergencia en la superficie del planeta objetivo. Cápsulas de desembarco preparadas en las bahías de torpedos 4 y 5.

Rómulus sintió el acelerón cuando el ataúd en forma de bala en el que había sido introducido abandonó el tubo lanzatorpedos del costado del crucero de ataque ligero en dirección a Cralti V. Una pantalla ocular proyectada directamente en su retina le mostró la trayectoria de su cápsula. El rumbo era perfecto, directos al sector Gamma-14.
Nada más ponerse en órbita sobre el planeta, Rómulus intentó comunicar con las fuerzas de los Tigres Nevados, pero las nubes que ahora cubrían el sector Gamma-14 tenían alguna clase de carga electroestática que impedía toda transmisión de modo que, haciendo caso omiso del consejo del capitán de navío Olten, ordenó un asalto de emergencia en cápsulas de desembarco.
La ocupantalla cambió para mostrarle un perfil de la superficie del planeta y el enjambre de cápsulas que caían sobre ella. Hubo una violenta sacudida cuando se activaron los retropropulsores de deceleración.
El impacto era inminente.

Nekoi se aferró a la cintura de la motorista procurando no caerse a causa de los constantes traqueteos de la motocicleta rodando a gran velocidad por aquel campo de escombros y basura.
El escuadrón de motoristas Cheetah estaba huyendo de dos Rhinos enemigos que les habían sorprendido durante su errático avance por el sector en busca del resto de Tigres Nevados. Esta vez las emboscadas habían sido ellas.
Los transportes de tropas rodaban aplastando pedruscos y lazando ráfagas de combibólter. Cheetah y su escuadra lograban mantener la distancia con ellos, pero no estaba segura de por cuánto tiempo. La sargento llevaba a Ocelot agarrado a su generador dorsal. El chico se mostraba algo asustado, pero lograba controlarse.
Una de las motoristas se colocó junto a Nekoi y le lanzó su rifle de fusión con un mudo gesto para que lo empleara. Nekoi lo atrapó al vuelo, se soltó de su camarada y giró hacia atrás para apuntar.
El marine de plaga que se asomaba por la escotilla disparó de nuevo el combibólter del vehículo alcanzando de lleno a la motorista que le acababa de pasar el rifle de fusión. Apenas un aullido de dolor y la montura de metal detonó en una bola de combustible incendiado.
La explosión agitó la moto en la que estaba Nekoi. La moto se autoequilibró empleando la cola robótica que llevaba sobre la rueda trasera y Nekoi logró conservar el arma, pero lo que quedaba de su compañera fue aplastado bajo las orugas de uno de los Rhinos.
El escuadrón maniobró para rodear un enorme vehículo de transporte civil atravesado en el camino y entró en lo que parecía una antigua autopista. Los Rhinos pasaron a través del transporte abandonado aplastándolo y destruyéndolo con perceptible crueldad. En aquel terreno mucho más llano la persecución adquirió velocidad con el creciente zumbido de los motores.

Otra ráfaga trazó una línea de agujeros en el pavimento al lado de Nekoi, quien se volvió de nuevo en su asiento con el rifle de fusión preparado. Entornó los ojos ajustando su puntería a la velocidad y los contínuos botes de la moto y apretó el gatillo. Emitiendo un rugido como el de un reactor, el arma lanzó una o­nda de choque incolora y abrió un boquete fundido en el escudo anterior del Rhino más cercano.
-     ¡Agárrate, Nekoi! –oyó.
El escuadrón de motoristas tuvo que esquivar un edificio que se había derruido sobre la carretera. La salvaje oscilación hizo bambolearse a Nekoi, a punto de caer del asiento. Cuando logró equilibrarse, vio cómo el agujero que acababa de producir se cubría de limo viscoso y cómo el blindaje se regeneraba. El vehículo no perdió velocidad; ni siquiera parecía haber sufrido daño alguno.
Los marines de plaga concentraron su fuego inmediatamente sobre la moto de Nekoi, conscientes de que portaba un arma capaz de dañar a los Rhinos.
-     ¡Maniobra evasiva! –gritó ella a la motorista-. ¡Muévete, vamos!.
La motorista reaccionó de inmediato zigzagueando sin parar por todo el ancho de la carretera justo antes de que el fuego cruzado de ambos Rhinos convergiera en la posición que ocupaba momentos antes. Lograron convertirse en un blanco difícil, pero a causa de ello perdieron velocidad permitiendo a los vehículos acercarse peligrosamente.
Ocelot se giró y advirtió la precaria situación de Nekoi y su camarada. Sin pensárselo dos veces tomó su pistola bólter. Tal y como le había enseñado Remus, apuntó un poco alto para bajar el punto de mira sobre su objetivo y, en el momento preciso, disparó. El proyectil voló como un rayo, alojándose en la cuenca ocular del marine de plaga de la derecha y reventádole el casco y la cabeza. El propio Ocelot se sorprendió de aquel soberbio disparo mirando su pistola con incredulidad.
El marine muerto fue empujado desde abajo hasta caer por el costado del Rhino y otro ocupó su lugar tras el combibólter del afuste. Durante el lapso en que el arma había dejado de disparar Nekoi tuvo tiempo suficiente de apuntar y disparar de nuevo. Ahora que se encontraban a mucha menor distancia el impacto del rifle de fusión fue devastador, atravesando completamente el blindaje frontal y el costado del otro transporte convirtiéndolo en una carcasa llena de metal fundido que giró sin control hasta volcar dando pesadas vueltas de campana y desparramando a los marines de plaga que iban en su interior por todo el suelo.
-     ¡Sí, buen disparo, Nekoi! –le gritó Ocelot.
Nekoi sonrió sin volverse y accionó la recarga del rifle para aplicar el mismo tratamiento al segundo, pero antes de poder hacerlo el artillero disparó sobre ellas alzanzando a la motorista en una pierna.
La moto perdió el control e inició un peligroso giro cerrado a la derecha antes de que la cola volviera a enderezarla.
Nekoi no pudo sostener el arma, que escapó de sus manos hasta ir a parar bajo una de las orugas del tanque. – ¡Maldita sea...! ¿estás bien? –preguntó a voces.
-     ¡Sólo es un rasguño! –respondió la motorista adquiriendo velocidad de nuevo-. ¡Destrúyelos de una vez!.
-     ¡No puedo, he perdido el arma!.
Sin nada más potente a mano, Nekoi empuñó su pistola bólter y la de la motorista y abrió fuego contra el marine que las disparaba. Por detrás de éste, pudo ver cómo el escotillón superior del Rhino se abría y cómo varios marines más se encaramaban al techo con sus roñosos bólters preparados.
-     ¡Hay que salir de aquí!, ¡hemos de ir más rápido!.
-     ¡No puedo ir más rápido!.
Con dos marines a bordo, la motocicleta no podía aumentar las distancias a pesar de que ahora el terreno era mucho más propicio para la velocidad. Nekoi disparó una y otra vez obligando a los marines de plaga a permanecer a cubierto.
Uno de ellos se enderezó para disparar pero cuatro disparos le hicieron caer rodando del vehículo. Cuando sus siguientes disparos no produjeron más que sonoros clics indicando que había agotado los cargadores, la Tigresa Nevada no supo qué hacer.
Dos marines más se irguieron encañonándolas. Casi pudo ver sus rostros de satisfacción a través de sus cascos deformados. Pero no sería aquella la ocasión en la que encontrara su fin Nekoi; lo supo cuando una ráfaga de bólter pesado llegó desde algún punto elevado abriendo a ambos enemigos como frutas putrefactas. Siguiendo la trayectoria de los proyectiles trazadores la Tigresa Nevada vio a una escuadra de marines espaciales devastadores apuntando sus armas pesadas. Lucían armaduras rojas como la sangre y cascos azules. El que llevababa el bólter pesado y el sargento de la escuadra dispararon de nuevo acertando con precisión quirúrjica a las tropas del compartimiento de carga del Rhino traidor a través del escotillón abierto.
-     ¡Los Ángeles Sangrientos están aquí! –Ocelot señaló con su pistola bólter hacia la derecha, a lo alto de otra montaña de escombros.
Los otros tres devastadores apuntaron dos cañones láser y un lanzamisiles contra el vehículo enemigo haciéndolo reventar en mil pedazos con la mortífera potencia de sus impactos.
En consonancia con la deceleración de la sargento Cheetah, el escuadrón aminoró la marcha y se dirigió hacia los Sangrientos. El marine con bólter pesado se echó el arma al hombro, luego se quitó el casco y lo utilizó para saludar. Era Remus.

Las motocicletas salieron de la carretera para reunirse con los Sangrientos. Conforme se acercaban y rodeaban los obstáculos fueron descubriendo que en realidad se trataba de una enorme fuerza de combate, reunida en un terreno algo despejado.
Cheetah vio a un Dreadnought inmóvil a un lado del improvisado campamento. Varios marines de roja servoarmadura estaban revisando sus armas, que por el olor habían sido empleadas recientemente. Acercándose un poco más vio también algo que la alegró enormemente, pero su sereno rostro no se conmovió ni un ápice. Eran Tigres Nevados; estaban allí, entre los Sangrientos; los Ángeles debían de haberles encontrado y reunido.
Detuvo la motocicleta y echó a andar hacia dos oficiales que les estaban esperando. Uno de ellos parecía un bibliotecario a juzgar por la capucha blindada y las marcas azules de su armadura. El otro llevaba galones de capitán en la hombrera. Haciendo gala de una disciplina y seriedad como pocas, se dirigió a él sin demostrar la alegría que le causaba verles.
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