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CONCURSO DE ÍNCUBOS

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El público dejó de gritar cuando uno de los Íncubos de la escolta de la Arconte que aquella noche presidía los juegos saltó a la arena. Su cuerpo de mujer era negro como la noche debido a la armadura y en la cara púrpura de su yelmo resaltaban sus ojos plateados. Momentos después se abrió la gran verja de donde debían salir los esclavos y diez humanos fueron empujados a la arena. Sólo llevaban unos pantalones verdes y botas negras, lo que les habían dejado los carceleros.

La Íncubo tomó su Castigador y extendió el mango hasta que el arma alcanzó más de metro y medio de longitud. Avanzó hacia los humanos con paso seguro. Los humanos por su parte comprendían su situación y sabían que no iban a salir de aquel matadero con vida, de modo que se dispusieron a causar tanto daño como pudieran. Antes de ser capturados sirvieron al emperador en la Guardia Imperial como Tropas de Choque de Cadia y aún les quedaba aliento suficiente como para matar a algunos eldars oscuros.

Fuera del estadio, el Hemónculo ya había dado la orden por su comunicador de que le trajeran el Talos que acababa de construir y esperaba ansioso su llegada. Si la Arconte quedaba agraciada, y estaba seguro de que se impresionaría con su obra, le pediría uno de sus proyectos más anhelados: poder hacerse con una escolta de Grotescos, como su antiguo mentor e ídolo Urien Rakarth.

De vuelta en la arena, un humano yacía tumbado con ambas piernas segadas y una profunda herida en el corazón; otro estaba empalado cabeza abajo en las estacas que sobresalían de las paredes de la arena. El suelo estaba cubierto de sangre seca tras horas de mutilaciones. Los humanos parecían extraños blandiendo armas eldars, aunque de poco les servían ya que sus habilidades de lucha eran bastante mediocres ante las artes de la Íncubo. Los humanos la rodearon y se acercaron poco a poco. Ella se acercó a uno de ellos, el humano intentó ensartarla con un Empalador. Ella Dio una voltereta por encima de él y al aterrizar a su espalda le partió en dos de arriba a abajo. Al instante siguiente lanzó un tajo horizontal hacia el humano de al lado, que se desplomó mientras su cabeza salía volando hacia las gradas. Un eldar joven la atrapó con ambas manos y se hechó a reír junto con el resto del público al que la sangre salpicó. Los otros humanos se lanzaron a por ella. El primero intentó golpearla en la cara; ella se agachó y le atravesó el abdomen. El tajo de un segundo humano la alcanzó en el costado, pero la armadura de Íncubo la protegió del ataque. El humano gritó de dolor cuando su mano cayó cercenada al suelo.

El Hemónculo apareció de nuevo en el palco y le dijo algo a la Arconte, que asintió.

Dos humanos consiguieron sujetar a la Íncubo por los brazos. Otro cogió su arma y se dispuso a ensartarla. Entonces, el humano comprendió que el adorno en forma de cola de escorpión del casco de aquella eldar oscuro no era solamente un adorno. El aguijón escupió una pequeña andanada de cristales que penetraron hondamente en la carne de su pecho. Su cuerpo cayó de espaldas, de sus heridas manaba sangre copiosamente y las toxinas de los cristales le produjeron un ataque de brutales espasmos por todo el cuerpo. La Íncubo dio una voltereta hacia atrás y los otros humanos no pudieron sujetar su brazos. Al aterrizar dio un giro completo a su cuerpo, propinando un puñetazo a uno y una patada al otro, y al acabar apoyó ambas manos en el suelo, agarrando su Castigador, para dar una voltereta y ponerse en pié de nuevo.

Los otros dos humanos se incorporaron y se dieron cuenta de que quedaban cuatro más con vida mientras se levantaban del suelo, aunque todos con moratones y magulladuras allí donde la Íncubo había golpeado. ¡Aquel demonio había matado en solitario a más de cinco!. Cuando se dispuso a seguir con la masacre, la Íncubo se detuvo al oír que la Arconte de ordenaba volver al palco. Ella salió de la arena de un salto y en dos brincos más volvió a estar junto a Shaqueel. Sus movimientos no denotaban un excesivo cansancio. El público se mostró sorprendido de que saliera sin haber acabado con todos sus rivales.

La verja de los esclavos se abrió de nuevo y por ella aparecieron trece humanos más, que se reunieron con los que quedaban en la arena. Acto seguido se abrió la otra verja, por la que salían las Brujas.

Una enorme pinza metálica de más de un metro surgió de la oscuridad interior de la puerta. La parte mayor era negra, la menor púrpura. Al avanzar la criatura apareció una segunda pinza seguida de una enorme cabeza triangular. Sin ojos ni ninguna otra imperfección de su superficie lisa, sólo unas cadenas que colgaban de argollas y dos cuchillas móviles por debajo a modo de mandíbulas. Por fin, el Talos que Hoo’Gaan había acabado hacía sólo unas horas entró del todo en la arena. Su forma era muy similar a un escorpión sólo que, además de las dos enormes pinzas anteriores, no tenía ni una pata más. Su oscuro cuerpo negro y púrpura flotaba incomprensiblemente sobre la arena gladiatorial. Una larga cola se levantaba en vertical sosteniendo en su extremo dos cañones gemelos de aspecto devastador. En el lugar en el que esta cola se unía al cuerpo, un eldar oscuro aparecía atado a ella con su cuerpo semienterrado en el de la bestia metálica. Sus brazos estaban sujetos a la cola, y de ésta surgía una especie de casco que le cubría por completo la cabeza. El extraño jinete tenía el cuerpo despellejado y sus músculos rojizos estaban expuestos al aire. Estaba vivo sin duda, sin embargo no se movía, ni intentaba liberarse. Parecía más un adorno grotesco que el piloto del Talos.

Empezaron a oírse exclamaciones de asombro entre el público. Shaqueel se inclinó hacia delante observando aquella creación de su Hemónculo. La criatura lucía los colores negro y púrpura de la Cábala excepto por lo rojo del cuerpo del piloto. Sus dos pinzas parecían capaces de despedazar a cualquiera de los vehículos alienígenas que ella había visto.

- ¿No es una belleza, mi Arconte? -preguntó el Hemónculo.

- Su aspecto resultará sin duda impresionante para nuestros enemigos -respondió ella-. Vamos, muéstranos de lo que es capaz.

- No soy yo quien debe hacerlo, mi Arconte, sino tú. Este Talos obedecerá tus órdenes como un miembro más de la Cábala de las Cuchillas de las Sombras.

Shaqueel le miró a la cara y luego miró al Talos. Los humanos se mantenían lo más lejos posible de aquel monstruo. La Arconte se levantó del trono y gritó.

- ¡Talos! ¡Acaba con los humanos!

La cabeza del jinete se movió, devolviendo la mirada a su Arconte. Acto seguido fijó los ojos plateados de su casco negro en el grupo de humanos que tenía delante. Uno de ellos intentó escalar las estacas de la pared para huir de él pero el público lo volvió a lanzar a la arena. El monstruoso cuerpo del Talos avanzó muy lentamente hacia ellos. Su parte inferior no mostraba indicios de motores ni nada parecido; sólo segmentos de blindaje superpuestos, como la piel de una oruga, cuyos colores intercalaban el negro y el púrpura. Se elevó un poco más para pasar por encima de los grupos de pinchos mientras iba cercando más y más a sus víctimas. Entonces los cañones gemelos de la cola dispararon una andanada de proyectiles de izquierda a derecha, emitiendo un sonido rítmico muy fuerte que sorprendió a todos los asistentes. Los cuatro humanos más cercanos fueron barridos por la lluvia de disparos y cayeron al suelo o se clavaron en las estacas. Los otros gritaron horrorizados ante la bestia que se les acercaba.

El público empezó a gritar vítores y aplaudió sonoramente aquel primer acto del Talos. El jinete dio muestras de agitación y su respiración se hizo más profunda mientras miraba los cuerpos destrozados de los humanos repartidos por todo el suelo. La velocidad del monstruo aumentó mientras se lanzaba a la carga contra el grupo de la derecha, que intentó evitar su proximidad desesperadamente. Las poderosas garras se cerraron sobre las cinturas de dos de ellos mientras los demás corrían como locos por la arena. La garra izquierda aumentó su presión lentamente. La sangre del humano empezó a salpicar la pinza de rojo y los gritos de pánico se convirtieron en aullidos de dolor. El jinete parecía extasiado con el sufrimiento del humano, aunque la expresión de su cara no se podía deducir bajo aquel yelmo. Un brusco apretón final partió aquel frágil cuerpo en dos. El humano mantenido en la otra pinza quedó horrorizado al ver las dos mitades del cuerpo caer al suelo mientras el público reía y disfrutaba. El jinete le miró a él ahora, e hizo que la pinza acercara su cabeza a las mandíbulas que sobresalían por debajo del escudo de la cabeza del Talos. Los intentos de librarse y las súplicas no impidieron que aquellas dos cuchillas atraparan su cabeza y la aplastaran como si fuera un vaso de barro. El crujido del cráneo humano al partirse volvió loco al público, al igual que la visión de los restos ensangrentados cayendo por debajo de las mandíbulas.

El jinete se agitaba sobre su montura, como si el sufrimiento y el miedo de sus rivales le volvieran loco de placer. El cuerpo inerte cayó al abrirse la pinza con restos de la cabeza destrozada aún sujetos al cuello. El Talos se lanzó a la carga contra los humanos restantes flotando sobre los obstáculos que les impedían huir fácilmente de él.

Más gritos de dolor. La agonía y la angustia casi eran palpables en el ambiente mientras el Talos manipulaba a un humano como un demente Hemónculo.

Shaqueel y Yag’Hagak estaban muy sorprendidos. Hoo’Gaan se frotaba las manos mirando las evoluciones de su creación. La Arconte le llamó la atención.

- ¿Quién el...? -movió la mano hacia el jinete del Talos buscando la palabra adecuada- ...el que está sujeto a la cola, ¿quién es?.

- Es uno de tus guerreros, mi Arconte. ¿Recuerdas que me entregaste a aquella escuadra que incumplió tus órdenes en una incursión contra los tiránidos? -la Arconte asintió- pues él es el Alástor al mando de la escuadra.

- ¡¿El Alastor traidor?! -dijo ella.

- Sí. Mediante nuestros tratamientos le hemos borrado la memoria. ¡Debo decir que el proceso de borrado de memoria es muy estimulante!. Ahora él es el Talos, y el Talos es él. En su mente sólo hay el deseo de causar dolor y sufrimiento a tus enemigos. Ya no huirá del campo de batalla, sólo quiere obedecer tus órdenes y desea a cada segundo que esas órdenes sean masacrar enemigos. Sin miedo ni impresiones; lo único que siente es el placer que el sufrimiento de sus víctimas le proporciona.

- Es muy impresionante lo que has conseguido, Hoo’Gaan.

- Sólo para servirte, mi Arconte. En cuanto al resto de la escuadra, aún están intactos. Los mantengo en reserva. ¿Tenéis algo especial en mente para ellos?

- Haz lo que te plazca, aunque será mejor algo que nos sirva para nuestra próxima incursión contra los humanos de las armaduras. Tómate tu tiempo, porque no volveremos a donde Yag’Hagak capturó a éstos -Yag’Hagak se volvió hacia Shaqueel- debemos prepararnos convenientemente, no con prisas -continuó la Arconte mirando al Draconte.

- En ese caso, yo me inclinaría por unos Grotescos. No tardaré mucho y ya tengo toda la materia prima necesaria -dijo Hoo’Gaan.

- Bien.

El Talos aún estaba torturando al último de los humanos, manejándolo entre sus enormes garras como si fuera un muñeco. El público gritó entusiasmado cuando el cuerpo del humano se deshizo entre bruscos movimientos de sus pinzas y empezaron a gritar el nombre de su Cábala. Tras unos minutos de aplausos y vítores el Talos salió de la arena por donde había entrado y los enormes focos superiores se apagaron; señal de que el espectáculo había acabado. Se encendieron las tenues luces del suelo de las gradas y los pasillos de salida y los eldars oscuros empezaron a salir del estadio comentando los mejores momentos del espectáculo. Los comandantes del palco también abandonaron sus asientos seguidos por sus escoltas.

Poco después, fuera del estadio, la multitud aún era visible mientras se alejaba hacia la cercana ciudad. El cielo estaba nublado y un tono gris sustituía al habitual negro de la noche. Las Brujas del Culto al Degollamiento salieron por una puerta lateral y se encaminaron hacia su Incursor. Cada una empuñaba sus armas, como si no supieran estar sin ellas. La Súcubo Bruja, Yleenka, observó que un grupo de gente les esperaban junto al Incursor. Eran la Arconte que les había proporcionado los rivales de aquella noche y sus acompañantes del palco de honor, menos el Hemónculo. Se detuvo frente a ellos apoyando su Empalador en el suelo.

- Me gusta vuestra forma de luchar -dijo la Arconte, anticipándose a ella- pero esos esclavos no eran dignos rivales para vosotras.

- Desgraciadamente dependemos de vosotros, las Cábalas -respondió ella- la calidad de nuestros contrincantes y la de nuestros espectáculos depende de la calidad de los esclavos que nos traéis.

- Si es así como pensáis tengo una oferta que os puede parecer interesante: dentro de no mucho voy a dirigir una incursión de mi Cábala contra los humanos llamados Marines Espaciales.

- ¡Ah, sí! Un Draconte de la Cábala del Horror Innombrable nos trajo una partida de esos “Marines Espaciales”. Nos gustó bastante pero los Orkos y los Genestealers son mejores combatientes.

- Bien. Ahora os ofrezco embarcaros con la Cábala de las Cuchillas de las Sombras para ir a cazar algunos Marines espaciales. Os ofrezco el diez por ciento de los esclavos que consigamos más otras recompensas que yo juzgaré os hayáis ganado o no.

- Hmm. Una oportunidad de refinar nuestras artes de lucha en una batalla real es muy tentadora -la Súcubo echó una ojeada a sus Brujas. Ninguna se mostró disgustada por la idea-. Trato hecho, mi Arconte. Acabas de contratar a las Brujas del Culto al Degollamiento.
 
- De acuerdo. Seguidnos en vuestro Incursor. Os llevaré al palacio de nuestro señor. Allí tengo todo lo que podáis necesitar para entrenaros hasta que llegue el momento de partir.

El Incursor de Shaqueel la aguardaba. El conductor encendió la máquina, que se levantó del suelo flotando del mismo modo que el Talos. La Arconte y sus acompañantes se subieron a las pasarelas laterales y se agarraron de las argollas para no caer. Al mirar a lo lejos pudo ver aún a Hoo’Gaan seguido por el Talos que corría de vuelta a su laboratorio. El conductor aceleró y el vehículo se lanzó hacia delante a gran velocidad. Un segundo Incursor cargado de brujas le siguió hacia el centro de mando de la Cábala de las Cuchillas de las Sombras. Dentro de poco una nueva incursión de los eldars oscuros sembraría el terror en la profundidad del espacio.

Por Aertes.

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