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Moderado por: AGRAMAR, j, Janus

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LAS ULTIMAS HORAS DE HORUS Y EL EMPERADOR

AGRAMAR Enviado: 27.01.2006, 16:13
Vidente de Sombras
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Incluso a través de los escudos los impactos hacen que el Palacio Imperial se estremezca. Con un chirrido de piedra torturada un ángel cae desde su alta alcoba en la sala del trono y se estrella contra el suelo de mármol un kilómetro mas abajo. Se fragmenta en un millón de pedazos. Fragmentos de piedra cruzan la sala como metralla.
Desde su trono el Emperador observa a sus guerreros agolparse confusos. La sala alberga diez mil hombres, todos veteranos expertos, y todos están siendo presa del pánico. Sabe que están más asustados por su silencio que por el enemigo. Le miran buscando liderazgo, y no puede darles ninguno.

Por primera vez en su milenaria vida el Emperador conoce la desesperación. La magnitud de su derrota le aturde. Las bases lunares han caído. La mayor parte de la tierra está bajo el talón del Señor de la Guerra. Titanes rebeldes de mas de 30 metros de altura rodean el palacio, y son mantenidos a distancia tan solo por los desesperados esfuerzos de unos pocos leales. Es solo una cuestión de tiempo que las defensas del palacio fallen y los últimos bastiones de resistencia caigan.

'Señor, ¿cuáles son vuestras órdenes?', pregunta Rogal Dorn, el enorme Primarca de pelo negro de los Puños Imperiales. Su armadura dorada ha perdido el lustre, está mellada en una docena de sitios por los impactos de proyectiles de bolter. El Emperador no responde. Está perdido dentro de sí mismo, buscando respuesta a sus propias preguntas.

Ha llegado finalmente al lugar oscuro, el momento de la prueba, la era oculta a su visión precognitiva mas allá de la cual no puede ver. El momento que siempre ha temido ha llegado. ¿Ha pasado mi época?, se pregunta. ¿Es aquí donde acaba todo? ¿Es este el motivo de que haya alcanzado el límite de mis poderes proféticos?¿Es aquí donde muero?

Se siente rabioso. Incluso ahora, con las fuerzas del Traidor Señor de la Guerra golpeando en la puerta, le resulta difícil creer que ha sido traicionado.

Horus era mas que un camarada en el que confiaba, mas como un hijo predilecto. De todos los primados, era en el que más confiaba el Emperador. Ni por un segundo el Emperador dudó de él, ni tan solo cuando llegaron noticias desde los Mundos Salvajes de que el Señor de la Guerra estaba concentrando fuerzas. Se había engañado a sí mismo diciéndose que Horus debía tener buenas razones para hacerlo sin consultarle. Debería haberme advertido el fallo en mi precognición, pensó.

'Señor, ¿cuáles son vuestras órdenes?', pregunta Kane, Fabricante-General del Adeptus Mechanicus. Mira fijamente al Emperador, un efecto luminoso convirtiendo las ranuras de cristal de su máscara de bronce en un par de ojos acusadores. Una vez mas el Emperador no responde. La presencia de Kane le recuerda que ni tan solo en el jefe del Adeptus se puede confiar. Su superior, el anterior Fabricante-General, ha elegido unirse a Horus.

En Marte, la guerra civil se extiende entre facciones de Tecnosacerdotes. Se despliegan antiguas y prohibidas armas. Las plagas víricas matan a millones. Las bombas de fusión cubren el suelo de cicatrices.

Se perderán tantas cosas. Piensa en el lento recopilar de la antigua ciencia. La Librarium Technologicus está ahora en llamas, sus antiguos sistemas centrales de datos fundiéndose. El tiempo de la reconstrucción ha pasado. La Gran Cruzada, tanto una guerra para reclamar los mundos humanos como una búsqueda de conocimientos perdidos, se ha acabado. La traición del Señor de la Guerra se ha ocupado de eso.

'Señor, ¿cuáles son vuestras órdenes?' pregunta Sanguinius, el alado ángel Primado de los Ángeles Sangrientos. Mira al Emperador con ojos encendidos, su cara una máscara de terrible belleza.

El Emperador sabe que confían en él para que les guíe. Aún creen en él. Aún creen que puede sacarles de esta trampa. Están equivocados.

Horus es el mejor general que la galaxia ha conocido jamás. ¿Quién puede saberlo mejor que su creador? Tiene la experiencia de un siglo de guerra. No habrá salida, ni agujeros, ni fisuras en el plan. El Señor de la Guerra tendría que estar loco para haber dejado alguno.

El Emperador mira las caras de sus seguidores, ve la confianza escrita en ellos, siente el peso de la responsabilidad que eso conlleva. Sabe que por ellos debe intentarlo, incluso si es sin esperanza. Lanza su visión clarividente, deja su mente vagar mas allá de los arruinados jardines del palacio, sobre campos donde Titanes colosales luchan bajo la retorcida luz de la esculpida luna. Ve toda la guerra extenderse bajo él, sus dignas de lastima legiones superadas en número siendo masacradas por las hordas de traidores. Sube hacia el cielo, donde siente la flota de transportes de batalla que arrojan la condenación sobre la torturada Tierra desde sus órbitas. Entre esos mil puntos intermitentes encuentra al Señor de la Guerra.

La esperanza renace en su interior. Los escudos de la nave de Horus están bajados. Brevemente se pregunta por qué. ¿Tan avasalladora es la confianza del traidor? ¿Desea ver la batalla por sí mismo? ¿O es una trampa? El Emperador toca la nave y se estremece por lo que siente en su interior. ¿Cómo puede Horus haberlo hecho, pactar con la abominación definitiva?

El Emperador toma una decisión. Trampa o no, es la única oportunidad que tendrá. No tiene mas opción que aprovecharla; la posición es así de desesperada. Incluso mientras su espíritu regresa a su cuerpo, le golpea la ominosa sensación de que el Señor de la Guerra tiene que saberlo ya.

'¿Cuáles son vuestras órdenes, señor?' Sanguinius pregunta de nuevo. Los ojos del Emperador se abren de golpe. Su voz está llena de autoridad. 'Preparaos para el teletransporte. Vamos a llevar la batalla al enemigo.' Los hombres sonríen confiados. Ahora tienen un objetivo. Mientras entra las coordenadas de teletransporte se mueven, sin preguntar, para obedecerle.

Un relámpago de luz, una sensación de frío. Se han teletransportado a la nave del Señor de la Guerra. El Emperador se toma un instante para reorientarse, y se da cuenta de que algo ha ido mal. Se encuentra en una enorme y deformada habitación, con solo unos pocos marines a su lado. Los exterminadores y los Primados no están. Como es posible, se pregunta. ¿Puede Horus haber interferido el rayo de transporte? ¿Tan poderoso es?

Voces insanas balbucean locamente dentro de su cráneo. Hay figuras atrapadas en los muros de piedra de la gran sala. Manos salen buscándole, le agarran con la fuerza de una roca. Se las quita de encima fácilmente. Sus compañeros no tienen tanta suerte. Los bolters ladran y lanzan relámpagos mientras los marines intentan luchar contra sus demoníacos asaltantes. Un hombre grita mientras es arrastrado hacia los oscuros y legamosos muros. Mientras se desvanece, se forman ondas en el punto en que desaparece. La espada del Emperador corta, seccionando miembros, liberando marines atrapados. Concentra sus energías psíquicas. Un nimbo chisporrotea alrededor de su cabeza mientras libera su poder. Una onda de destrucción rasga a los demonios, dejando a sus hombres intactos.

Escanea a su alrededor, buscando a los Primarcas, pero los muros de la nave del Señor de la Guerra son resistentes a la visión de su mente. Hace un gesto a los marines supervivientes para que le sigan.

Vagan a través de la nave distorsionada mas allá de todo reconocimiento por los deformantes poderes del Caos. Grandes puertas con forma de esfínter se distienden desde muros de piedra parecida a la carne. Alfombras de mucosa cubren un camino de lenguas.

Cosas distorsionadas con alas que quizá una vez fueron humanos se columpian en las arquivoltas de hueso y se posan en salientes de costillas. Los marines se estremecen de horror. Se fuerza a sí mismo a calmarles, disminuyendo psíquicamente su miedo a ese lugar de pesadilla. Mientras tanto escanea el área buscando el rastro de Horus. Ahora conoce la naturaleza del pacto que ha hecho el Señor de la Guerra y las consecuencias espantosas de su victoria.

Pasan pozos que se mueven como entrañas en el suelo y oyen el eco de los latidos de un gigantesco corazón lejano. Son cubiertos por cascadas de un apestoso líquido amarillo que cae de acantilados de cartílago. A veces oyen disparos de armas, pero cuando llegan a la fuente nunca encuentran nada.

Brumas de vapor arco iris cruzan su campo de visión, oscureciendo corredores de piedra carnívora. Nubes de insectos se amontonan en sus placas faciales, atascando los extractores de sus tomas de aire. Cambian a las reservas internas de oxígeno.
Son emboscados por engendros con rostros de cráneo metidos en armaduras de marines. Luchan contra hordas de bestias mutadas. Uno por uno van muriendo. Al final, el Emperador está solo. Entonces y solo entonces se le permite que entre en presencia de Horus.

El señor de la guerra arroja al suelo el cuerpo de un ángel roto. Tras de él la torturada Tierra llena la pantalla de visión, una burbuja lista para que Horus la coja con una mano. Cuerpos de marines masacrados yacen por todas partes.

Con el rostro iluminado por una sangrienta luz interior, Horus habla.'Pobre Sanguinius. Le ofrecí una posición de poder dentro del nuevo orden. Se habría sentado a la derecha de un Dios. Sin embargo prefirió alinearse con el lado perdedor.'

El Emperador está inmóvil, intentando forzar las palabras congeladas en su lengua. Al final tan solo puede susurrar,'¿Por qué?' Resuena una risa demencial. '¿Por qué? ¿Me preguntas por qué? ¿Acaso todos esos milenios no te han enseñado nada? Débil loco, tu timidez evitó que ataras a las fuerzas del Caos. Te escondiste del poder definitivo. Yo lo he atado a mi voluntad y gobernaré a la Humanidad hacia la nueva era. Yo, Horus, Señor del Caos.'

El Emperador mira a su antiguo amigo y mueve la cabeza. Ve la trampa que ha atrapado a Horus. 'Ningún hombre puede gobernar el Caos,' dice lentamente.'Te engañas. Eres el servidor, no el señor.'

Una mirada de rabia transfigura al Señor de la Guerra. Cierra una mano y un proyectil de fuerza sale despedido. El Emperador grita mientras la agonía recorre su cuerpo. 'Siente la auténtica naturaleza de mi poder y dime entonces si me engaño', ruge Horus con la voz de un Dios airado.

Gotas de sudor recorren la frente del Emperador, hace frente al dolor. 'Te engañas', dice.

Una vez mas Horus hace un gesto y lanzas de puro veneno recorren las venas del Emperador.'Te he dejado venir, viejo amigo, para que seas testigo de mi triunfo. Arrodíllate ante mí y te perdonaré la vida. Reconoce al nuevo Señor de la Humanidad.'

El Emperador reúne su poder desesperadamente y golpea. Los relámpagos se cruzan entre los combatientes. El hedor a ozono llena el aire. El Emperador salta hacia delante, espada en alto. Las armas se cruzan mientras la batalla se extiende a todos los niveles: físico, espiritual, psíquico.

Proyectiles de fuerza parpadean mientras los dioses mortales se enfrentan, con el destino de la galaxia pendiente en cada golpe. Espada rúnica y cuchillas relámpago resuenan una contra otra con un ruido de tormenta. Se liberan energías suficientes para devastar planetas.

Un revés de Horus lanza al Emperador a través de una pared de piedra. El contraataque arranca una columna de soporte del techo cuando el Señor de la Guerra lo esquiva.

En el Espacio Disforme el Emperador oye a los Poderes del Caos mientras alimentan a su peón con mas poder. El Señor de la Humanidad se enfrenta solo a su potencia combinada y sabe que está perdiendo. De algún modo no puede usar todas sus fuerzas contra el Señor de la Guerra. Horus no tiene esa restricción.

Una cuchilla relámpago corta la armadura del Emperador como si fuera tela, pasa a través de carne y hueso. El Emperador responde con un golpe psíquico que pretende interferir el sistema nervioso del Señor de la Guerra. Horus ríe mientras lo desvía.
Sus garras alcanzan al Emperador a través del cuello, abriendo la tráquea y la yugular. Otro golpe corta los tendones de su muñeca, haciendo que la espada caiga de sus dedos sin nervios.

Una risa insana resuena por toda la sala. Horus rompe varias costillas con un puñetazo casi juguetón. Una ola de energía atraviesa el rostro del Emperador, fundiendo la carne mientras pasa, quemando un globo ocular, incendiando su pelo. El Emperador contiene un sollozo, se pregunta como puede estar perdiendo. La oscuridad amenaza con tragarle.

Horus agarra sus muñecas, rompiendo huesos. La sangre mana a impulsos del cuello del Emperador. Horus levanta a su enemigo por encima de su cabeza y lo arroja contra su rodilla, rompiéndole la espina dorsal.

Por un segundo el Emperador solo conoce la oscuridad, luego un relámpago de agonía le devuelve a la conciencia cuando Horus le arranca el brazo de su cuenca. El Señor de la Guerra aúlla su bestial triunfo.

De repente el castigo se detiene. Con su ojo sano el Emperador ve que un solitario Exterminador ha entrado en la sala. El marine carga contra el Señor de la Guerra, el bolter de asalto escupiendo fuego. Horus le mira y ríe. Por un momento se mantiene en pié triunfante, dejando que el marine vea lo que le ha hecho a su Emperador.

El Emperador sabe lo que se avecina, ve el triunfo en el rostro de Horus. Ya no hay rastro de su amigo en él. Solo hay un demonio gobernado por una insana y destructiva furia.

Horus vuelve su ardiente mirada hacia el Exterminador, y la carne del marine desaparece para revelar su esqueleto, luego incluso eso desaparece, reducido a polvo.

El Emperador ve la trampa que le han preparado. Ha estado reprimiéndose, intentando no dañar al que ha sido como un hijo para él. Ahora se da cuenta de que ya no queda rastro de su camarada. Sabe que debe detener a esa copia de su antiguo amigo y vengar al Exterminador caído. Debe dar un golpe mortal. No tendrá ninguna otra oportunidad.

Reúne cada partícula de su poder, la concentra en un poderoso proyectil de pura fuerza, más coherente que un láser, más destructivo que un sol en explosión. Lo apunta hacia Horus, una lanza de poder destinada al corazón del loco. Horus siente el crecimiento de la energía y se gira hacia el Emperador, una mirada de horror en su rostro.

El Emperador lo suelta. Golpea al Señor de la Guerra. Horus grita mientras la destrucción le llueve encima, retorciéndose y estremeciéndose en una titánica agonía. Lucha frenéticamente para contrarrestar el golpe mortal del Emperador, pero sus intentos se vuelven más débiles cuando las letales energías le van absorbiendo.

Arrastrado por toda la fuerza de su rabia, su dolor y su odio, el Emperador desea la muerte de Horus. Siente las fuerzas del Caos retirándose, desconectándose de su peón. Cuando lo hacen, la cordura vuelve al Señor de la Guerra. El Emperador ve la comprensión de las atrocidades que ha cometido cruzando el rostro de Horus. Las lágrimas brillan.

Horus está libre pero el Emperador sabe que él mismo está muriendo, y los poderes del Caos pueden volver a poseer al Señor de la Guerra y él no estará allí para detenerles. No puede correr ese riesgo. Horus debe morir. Aún por un segundo, mirando el rostro de su viejo amigo, duda, incapaz de hacer lo que se debe. Entonces piensa en la carnicería que tiene lugar fuera, que puede continuar por siempre. La decisión crece en su interior.

Expulsa toda la piedad y la compasión de su mente, la vacía de todo conocimiento de amistad, camaradería y amor. Su ojo se cruza con los de Horus y ve en ellos comprensión. Entonces, con el frío conocimiento de lo que está haciendo, el Emperador destruye al Señor de la Guerra.

Rogal Dorn entra en la sala. El horror le invade cuando ve la mutilada forma del Emperador y la arrugada carcasa dentro de la armadura del Señor de la Guerra. Se maldice a sí mismo por haber tardado tanto en abrirse paso a través de las hordas del Caos. Ahora sabe porqué sus ataques han cesado y porqué la nave está volviendo a la normalidad.

Se apresura hacia el Emperador, detecta el tenue pulso de vida. Quizá aún haya esperanza. Quizá el gobernante del Imperio pueda vivir.

Rogal Dorn hará lo que pueda para asegurarlo.

Por William King, Reales of Chaos Volumen II, The Lost and the Damned p182





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j Enviado: 27.01.2006, 16:46
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realmente escalofriante. Yo pensaba que lo mató con la espada rúnica... ya se algo nuevo.
Gracias



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AGRAMAR Enviado: 27.01.2006, 16:48
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pos no jejejej , pero te dire que los imperiales creen que fue la espada de Sanguinius la que hizo un agujero en la armadura de Horus y que fue por esa brecha por donde el emperador consiguio matar a Horus



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j Enviado: 27.01.2006, 16:57
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exactamete eso era lo que sabia yoooooooooooooo! me contaron que Sanguinius le hizo esa brecha, y por ahi es por donde atako el emperador con su espada a Horus probocandoles su muerte, todo lo demás coincide con lo que me contarón, jaja pero es una parra, esto me lo contarón con 15-16 añitos .. hace unos 7 años... a llovido mucho.. jeje!
Me mola toda esta recompilación de transfondo que estas haciendo en la BN, ya que siempre me imagine esta página con todo sobre wh40k, y el transfondo es algo inprescindible en este hobby.
Buen trabajo!



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AGRAMAR Enviado: 27.01.2006, 17:02
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voy a ver si puedo colocar algo mas por ahi..has leido lo del emperador..?



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Spartako Enviado: 27.01.2006, 17:15
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mola mola
esta biblioteca se esta llenando de libros!!
que sepas AGRAmar que esto es muy AGRAdable.






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j Enviado: 27.01.2006, 18:45
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