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La Tigresa y El Escorpión [fragmento 2º] (1ªParte)

(8404 palabras totales en este texto)
(588 lecturas)  Versión imprimible
Rómulus esperó junto a Virgilio mientras las motoristas desmontaban de sus corceles. Reconoció a Nekoi y a Ocelot viajando de pasajeros. Cuando se presentaron ante él, sólo la primera se acercó; dejando al resto formados tras de ella. Era una sargento de cabello rubio. Llevaba una lona blanca con rayas atigradas azules tapándole la cara de nariz para abajo; dejando a la vista sólo sus ojos verdosos.
Una diluida sombra de sorpresa pasó por los ojos de Cheetah cuando vio que aquel marine era idéntico a Remus, quien hacía algún tiempo pasó unas semanas sirviendo junto los Tigres. Acto seguido recobró el semblante de acero que parecía normal en ella.
-     Capitán... –dijo escueta dejando la frase a medias.
-     Rómulus Devine –concluyó él mismo- al mando de esta fuerza de rescate. 6º Compañía de los Ángeles Sangrientos.
-     Sargento Veterana Cheetah al mando de la sección Guepardina.
Rómulus dirigió un par de sonrisas hacia Nekoi y Ocelot sin perder la compostura, se alegraba de verles en pie. – Es un honor –respondió a Cheetah-. Hemos encontrado a varios grupos aislados de los Tigres por todo el sector, ¿qué es lo que ha ocurrido aquí?.
-     Nuestra sección se fragmentó durante el primer enfrentamiento, pero el enemigo no tuvo en cuenta que divididos es como trabajamos mejor.
Remus se acercó corriendo sin dejar de agitar su casco. - ¡Sargento Cheetah, Nekoi, Ocelot!, ¡estáis bien!.
Nekoi sonrió alegremente. - ¡Remus!, ¡estás aquí!. Sí, estamos enteros, pero a Ocelot resultó herido durante esa persecución...
Era cierto. El chico había recibido un impacto agrietando la sección del costado de su armadura, pero se mantenía en pie por sí solo, Saludó con la mano despejando cualquier temor acerca de su estado de salud con una mirada confiada. Rómulus tenía la impresión de que Ocelot había crecido desde la última vez que lo vio.
Cheetah carraspeó ruidosamente en un intento de devolver el protocolo a aquel encuentro y saludó en silencio a Remus con un cabeceo.
-     ¿Dónde están Karakal y... los demás? –preguntó Rómulus de improviso-. Están con vosotras, ¿no?. El resto de Tigres dicen que vosotras y el grupo de Karakal son los únicos que faltan.
El silencio que se hizo a continuación resultó molesto en extremo. Remus perdió poco a poco su sonrisa al ver la cara de preocupación y los suspiros de Nekoi.
-     Karakal ha desaparcido –dijo sombría Nekoi anticipandose a su sargento-. Él... Mau... y tres tisarinas más. No sabemos dónde están.
El capitán tensó la postura y casi quedó con la boca abierta. Ahora que ya casi la había encontrado... - ¡¿Qué?! –escupió preso de la ira-. ¡No!. ¡¿Dónde?!.
-     No lo sabemos –le respondió Cheetah sin variar el tono, señalando el camino por el que habían llegado-. Creemos que antes de perder contacto con ellos estaban en aquella dirección; rastreábamos la zona buscándoles cuando fuimos sorprendidas por los marines de plaga. Si ellos estaban allí... es que nuestros camaradas...
Sölo en aquel momento, el silencioso bibliotecario Virgilio pudo sentir aflicción en la sargento. Podía sentir que su férreo carácter era una carcasa bajo la que ocultaba un gran pesar por la pérdida de sus camaradas, que ella daba por cierta. Nekoi se mordió el labio y bajó la vista como si tampoco tuviera esperanza de encontrarlos.
Ante aquella actitud, Rómulus se enfureció en lo más profundo de su alma. No había viajado hasta aquel sector destruido para que le dijeran que Mau había desaparecido, ni que estaba muerta. Había jurado por su sangre que velaría por ella, y por Sanguinius que eso era lo que iba a hacer. Se ajustó el casco tapando su cara de pura determinación. – Habéis dicho que su última posición se estimaba por allí ¿no es así?.
-     Eh... sí –se sorprendió Cheetah ante la repentina severidad del Sangriento.
-     ¿Y a qué esperáis para indicarnos el camino, sargento?. ¡Movéos!.
-     ¡Pero no sabemos dónde están!. ¡Ni siquiera sabemos si siguen vivos!, ¡y esa zona debe de estar infestada de enemigos!.
-     Nosotros podemos encargarnos de eso –intervino por vez primera el bibliotecario-. Si están vivos, quizá pueda seguirles la pista.
-     ¡El capitán tiene razón, sargento! –Nekoi unió su entusiasmo a la determinación de los Sangrientos-. ¿A qué estamos esperando?.
Remus empuñó su bólter pesado y lo amartilló con un ruido seco. - ¡Vamos a por ellos!.
Cheetah trazó una media sonrisa y asintió con energía. - ¡Será un honor!. ¡Vamos a recuperar a nuestros hermanos!.
Un estruendoso rugido, como un largo trueno, les llegó desde lo alto. Todos alzaron la vista para ver cómo dos Thundehawks descendían por una sección de cielo despejada de nubes.
-     ¡Ya era hora! –se quejó Rómulus-. Esas nubes destrozaban los instrumentos de navegación de las sondas.
-     Sí –convino Nekoi-. Por eso tuvimos que efectuar un desembarco en cápsulas de asalto.
-     Igual que nosotros –dijo Remus contemplando la pareja de naves-, pero parece que han encontrado un hueco.
Las naves no hicieron maniobra alguna. Simplemente perdieron altura a una velocidad cada vez menor hasta posarse en la parte más plana de terreno que pudieron encontrar lanzado remolinos de basura a su alrededor. Sin perder un momento, las bodegas de carga en forma de fauces se abrieron hasta apoyarse en el suelo y un vehículo bajó de cada Thundehawk resquebrajando cascotes; un Razorback y un ornamentado Rhino negro con una estatua arrodillada encima, y acto seguido volvieron a elevarse hasta salir de la vista por el mismo agujero de nubes.
Rómulus sonrió satisfecho. Los transportes parecían en óptimas condiciones. - ¡En marcha!. ¡Escuadra Crasso, dentro del Puño de Marfil!. ¡Nos adelantaremos, el resto seguidnos tan pronto como podáis!.
-     ¡Capitán, permiso para unirme a la escuadra Crasso! –dijo Remus cuadrándose ante su hermano.
-     Concedido –respondió éste asintiendo.
Los Sangrientos se subieron, tantos como les fue posible, al techo de los transportes para aumetar su capacidad. Aquellos que se encaramaron al Rhino negro lo hicieron con suma y respetuosa lentitud.
Cheetah descubrió que aquella estatua no era tal; era un capellán ataviado con su barroca servoarmadura negra, que permanecía inmóvil en actitud penitente aferrando su Crozius Arcanum con ambas manos. Luego vio que Rómulus le hacía señales asomado por una de las escotillas del otro vehículo. El bibliotecario asomaba por la otra escotilla.
-     ¡Vos guiáis, sargento! –le gritó con insistencia.
-     ¡Bien!, ¡Escuadrón Cheetah, a las motocicletas!.

FIERA ACORRALADA

El pasillo estaba sumido en la penumbra. La escasa luz proviniente de antorchas y quemadores colgados del techo apenas sí llegaba a iluminar las sucias baldosas.
A ambos lados del corredor, una tras otra, las celdas de la catedral no eran sino pozos de oscuridad. Sus barrotes no eran de metal, sino que se componían de una maraña de alguna sustacia verdosa y reseca. En el interior de estas jaulas, los prisioneros de las fuerzas del Caos están intranquilos. Los Tigres Nevados fueron rodeados y capturados por los adoradores de las fuerzas del general enemigo, no sin antes haber pagado en sangre el altísimo coste de hacer prisioneros vivos de entre los marines espaciales.
El rítmico golpeteo de unos pasos contundentes se acercó desde la oscuridad lejana del corredor. Nephausto el No Sediento, el propio señor del Caos responsable del asalto a aquel planeta, se dirigía a comprobar algo de lo que sus adoradores le habían informado, pero que no podía creer. El báculo de roñosa y nudosa madera que portaba con aire majestuoso hacía un sonido característico al golpear el suelo de piedra. Vestía una servoarmadura verdosa de la que surgían cuernos y colmillos por doquier, pero que no mostraba signo alguno de corrupción salvo tres calaveras formando la marca de Nurgle sobre su pecho. Una especie de capa negra envolvía el generador dorsal de su armadura.
Al señor del Caos le seguían dos de sus sirvientes, uno de los cuales era más alto aún que él y tenía una musculatura imponente bajo su piel mortecina. Ése era Lacvediar, un peligroso fanático que una vez dirigió su propia rebelión en un mundo imperial y ahora servía a Nephausto. La extraña relación de casi amistad entre Lacvediar y su amo era un misterio para todos los demás sirvientes del No Sediento.
Nephausto llegó a una celda ocupada por dos prisioneros. Había tres más en la celda contigua, pero uno de estos estaba herido en una pierna. Todos ellos llevaban puesta su servoarmadura, pintada a rayas azules sobre manto blanco como el pelaje de un tigre, pero a todos se les habían retirado las armas. Nephausto había insistido en que se les permitiera conservar sus generadores dorsales, confiado en que las celdas impregnadas de magia demoníaca serían capaces de contenerles.
-     ¡Por los dioses, Lacvediar! –soltó de pronto el sorprendido Nephausto al fijarse en las facciones de los prisioneros-. ¡Tenías razón!.
-     Os lo dije, mi señor –Lacvediar señaló con un gesto hacia la celda.
Nephausto los escrutó minuciosamente de uno en uno. – Marines mujeres...
El paladín de Nurgle estuvo un rato viendo a las cuatro mujeres ataviadas con armadura de marine espacial. Todas ellas le miraban con odio, al igual que el único marine varón. Se mantenían dignas y orgullosas aún en su cautiverio, algo que Nephausto valoraba mucho en sus prisioneros.
Le gustaba que sus víctimas conservaran el orgullo para poder arrancárselo del cuerpo con sus enfermizas distracciones.
Desde la primera celda, un corpulento marine con cabello y barba del color del fuego le estacó con una furiosa mirada de sus ojos de tigre y le lanzó un insulto enseñándole los dientes en una mueca. Junto con él, otra de aquellas mujeres marine también le transmitía su desprecio, pero fue ésta la que más le llamó la atención. Su rostro joven irradiaba una salvaje belleza felina.
Nephausto se detuvo. - ¡Mira a esa!, ¡apenas es una niña! –dijo a Lacvediar.
Los siervos rieron por acompañar al tono burlón de su señor, quien aún estaba mirándola a sus ojos azules de gata.
-     Resulta encantadora... –afirmó ensimismado y mostrando un molesto interés.
Su visión se vió obstaculizada por el otro prisionero cuando éste se interpuso protector entre Nephausto y la marine. – No la vas a tocar –amenazó el Tigre.
El paladín pasó la vista rápidamente a los ojos del marine. – No te atrevas a decirme lo que puedo o no puedo hacer...
Acto seguido adelantó su báculo. La magia negra de Nephausto se materializó en forma de relámpagos negros que brotaron de la madera e impactaron de lleno en el pecho del Tigre suspendiéndolo en el aire. Con solo un gesto, el prisionero fue arrojado contra la pared con fuerza increíble, desplomándose tras el brutal impacto que recibió en la cabeza.
-     ¡Nunca! –terminó de decir Nephausto.
La chica reaccionó de inmediato lanzándole un puñetazo a través de los barrotes orgánicos, pero éstos se movieron como serpientes enroscándole la muñeca antes de poder alcanzarle.
Nephausto alargó la mano y la apresó por el cuello. El marine intentó ayudarla, pero aún estaba de rodillas, gruñendo aturdido. Cuando tiró de ella, los barrotes se apartaron permitiéndole sacarla fuera de la celda y acto seguido retomaron su forma para impedir que el Tigre pudiera escapar.
La Tigresa forcejeó con él, pero pronto fue obligada a postrarse de rodillas bajo la superior fuerza de Nephausto y la ayuda de sus siervos. La poderosa mano que la atenazaba le cortó la respiración frustrando su intento de insultarle.
-     Realmente, resulta increíble.
Nephausto miró curioso el gesto torcido de la marine mientras, poco a poco, a obligaba a arquear la espalda manteniendo aún la otra mano sobre su báculo. Lacvediar y el otro siervo se limitaron a sostenerla por los brazos y hombros.
-     Mira su cara, Lacvediar, sus ojos azules de gata. La belleza de la agonía se refleja en ella de un modo especial, ¿no crees?. Y fíjate en cómo sigue luchando; ¡sí que tiene algo de marine espacial después de todo!.
Los ojos de la Tigresa empezaron a volverse hacia atrás a medida que escapaba algo de espuma de entre sus dientes apretados. Para sorpresa de Nephausto, efectuó un intento de levantarse, doblándose hacia delante y obligándole a redoblar la fuerza de su brazo para mantener su espalda arqueada hasta el límite de lo posible. Momentos después perdió la consciencia.
Nephausto la soltó de inmediato, dejándola tumbada de lado en la oscuridad del suelo del pasillo.
-     ¡Mau! –gritó el Tigre de la celda golpeando inútilmente los barrotes.
-     Mau... –susurró el paladín-. Es un nombre precioso.
-     ¡Asqueroso y podrido traidor!, ¡te arrancaré tus negras entrañas...!
Ignorando los insultos y rugidos del resto de prisioneros, Nephausto sólo se quedó mirando a su presa. Era muy hermosa, con su cabello gris caído sobre el rostro como dormido.
Había algo en ella; lo había percibido en cuanto la vio. No era su extrema juventud, sino una extraña sensación de haberla conocido antes. Ella irradiaba un aura familiar para él. Interesado por esto, decidió estudiarla más a fondo.
-     Lleváosla –ordenó el paladín a sus adoradores.
Lacvediar y el otro se la llevaron a hombros de las mazmorras entre una lluvia de improperios y escupitajos de los camaradas de Mau.

Mau se despertó. Le dolía el cuello.
Se mantuvo inmóvil un rato más sintiendo el entorno. Podía oler al señor del Caos cerca de ella. Olía también a viejo, a moho, a madera húmeda y podrida, a polvo y telarañas. Oyó también una respiración lenta y suave, y el eco que producía le indicó que se encontraba en un lugar grande.
Al abrir los ojos, Mau vio que había sido cuidadosamente tumbada de costado sobre el altar de una catedral imperial. Sus brazaletes armados con Cuchillas Tisarinas estaban allí, a su lado sobre la losa de obsidiana. Las estatuas del colosal retablo parecían devolverle la mirada.
Algo más allá pudo ver al señor del Caos. Estaba en pie, contemplado la destrucción de la ciudad a través de una vidirera destruida. “¿Qué es lo que pretende?” se preguntó.
Pero luego olvidó aquella pregunta. Con movimientos silenciosos que ni siquiera removieron el polvo del altar, deslizó ambos brazaletes sobre los guantes de su armadura hasta ensamblarlos en su sitio. Se puso en pie con la misma habilidad que un tigre al acecho, sin un solo ruido. Ahora era el momento.
-     ¡Bastardo! –le gritó con todas sus fuerzas.
Mau cubrió la distancia entre el altar y Nephausto en un salto, con las Garras Tisarinas dispuestas para despedazarle. Nephausto siguió mirando al exterior como si no la hubiera oído. En el último momento, el paladín evitó la acometida con una sorprendente voltereta hacia atrás.
Mau cayó haciendo temblar el suelo bajo el peso de su, en comparación con la de Nephausto, ligera armadura. Acto seguido blandió sus garras lanzando un zarpazo tras otro sobre su oponente con fugaces y hábiles movimientos que éste detuvo empleando su báculo. El paladín apenas parecía necesitar leves cambios de postura para detener los complejos giros de muñeca, las patadas aéreas y los magníficos movimientos de gracia felina que convertían a Mau en un vórtice de destrucción.
Nephausto retrocedía trazando circulos alrededor del altar y evitando cada golpe con soberbios giros y paradas a dos manos, jugando con su rival. – Eres una luchadora extraordianria –le dijo en mitad del combate.
Mau entornó sus ojos de gata ajustándolos a los cambios de luz. Calculando cuidadosamente la distancia entre ella y Nephausto, se acercó rápidamente intentando trabarle el báculo con sus garras. Nephausto sonrió en el interior de su casco y, previendo la inteción de la Tigresa, permitió que aquellas cuchillas se engancharan en la madera sin conseguir siquiera mellarla. Ella puso pie sobre la rodillera del paladín y se impulsó hacia atrás, arrebatándole a Nephausto su única arma.
-     Extraordinaria... una marine espacial...
La Tigresa arrojó bien lejos el báculo endemoniado y empleó su cola biónica para equilibrarse en una violenta patada giratoria. El paladín la atrapó por la bota con ambas manos y la lanzó sobre los ajados asientos de la catedral. Mau sólo tuvo que revolverse en el aire con su perfecto equilibrio para caer a gatas sobre los respaldos sin que uno solo de los bancos se moviera. Su mirada de depredadora quedó fija de nuevo en su formidable presa. Para sorpresa de ella, la postura que asumió Nephausto le resultó familiar, con los codos algo más elevados que los puños; tenía cierta reminiscencia de la lucha del fuegorpión que practicaban los Ángeles Sangrientos. Medio segundo después rugió como un Tisar y se lanzó contra él volando con sus garras por delante, directamente al cuello.
El paladín la atrapó por las muñecas evitando que aquellas garras le alcanzasen.
“Ya te tengo”, pensó Mau. Con una velocidad y agilidad sobrenaturales, se encogió como un muelle y pateó con ambos pies el pecho de Nephausto con toda la fuerza de su cuerpo de marine. Nephausto retrocedió acusando el tremendo golpe.
Cuando Mau giró hacia atrás en el aire dispuesta a caer en pie se encontró con que el paladín de Nurgle había saltado tras ella con su capa desplegada de un modo extraño. Aún en el aire Nephausto la pateó por dos veces con sendos movimientos de cadera, la primera en el costado y la segunda en la sien.
Los golpes retumbaron por toda la catedral así como los gritos de dolor de la chica. Incapaz de evitarlos, Mau cayó a plomo al duro suelo de piedra, escupiendo sangre y encogiéndose dolorida sobre sí misma. Nephausto cayó con gracilidad a su lado envuelto en su capa a causa del giro que había efectuado.
-     Realmente extraordinaria –repitió el paladín viendo cómo las pequeñas grietas que se habían abierto en su coraza a causa del último golpe de la Tigresa se cerraban solas.
Mientras la miraba, la chica se levantó temblorosa con el ojo izquierdo cerrado por la sangre que manaba de la herida de su cabeza. Nephausto relajó su postura. Su golpe había abollado la coraza y podía ver en su ojo sano que estaba a punto de caer.
En respuesta a sus pensamientos Mau cayó de rodillas. – Maldigo tu ser... traidor... –susurró gruñendo de dolor antes de desplomarse.
La Tigresa Nevada respiró débilmente. La potente patada había dañado su caparazón negro, podía sentirlo por el intenso dolor de su caja torácica; y el dolor de su cabeza apenas la permitía pensar su siguiente movimiento. Una mano la hizo rodar hasta quedar boca arriba. Nephausto estaba acuclillado junto a ella, la estaba mirando, admirando más bien, a través de su visor.
-     Eres preciosa –le dijo acariciando dolorosamente la herida de su sien.
Mau respondió tosiendo sangre y cerrando los puños como un gato herido. Siguió acariciándola hasta que Mau reaccionó como un relámpago, lánzandole una cuchillada directamente a la cabeza. Nephausto la agarró por el antebrazo, pero no a tiempo de evitar que la máscara de su casco quedara destruida por el zarpazo. El paladín alzó un pie y la inmovilizó pisándole el otro brazo con tal fuerza que su armadura blanca se aplastó contra el suelo.
Mientras Mau se retorcía y gemía por el dolor, Nephausto abrió el cierre presurizado de su casco con un pensamiento y se lo quitó con la mano libre. Su rostro resultó sorprendente. No había signo alguno de putrefacción en él. Era un rostro hermoso. Su cabello oscuro, largo y algo descuidado estaba repeinado hacia atrás. Se acarició la barba y la perilla con la mano libre después de arrojar su casco hacia atrás.
-     Aún atrapada, sigues siendo una fierecilla –dijo riendo por lo bajo-. Me resultaba difícil creer en la existencia de marines mujeres pero desde luego eres un magnífico ejemplar.
Mau le devolvió la mirada iracunda ante la insinuación. Las fuerzas empezaban a fallarle. El paladín hincó una rodilla y acercó la cara hasta casi rozar la de ella. Estaba haciendo todo aquello únicamente para martirizarla.
-     ¿No crees, Lacvediar?.
-     Sí, mi señor –respondió el siervo de Nephausto emergiendo de detrás de una de las columnas.
Mau restalló de nuevo mordiendo furiosamente la mejilla de Nephausto, quien únicamente se limitó a sonreír. La sangre que inundó la boca de Mau no sabía a sangre y su color no era rojo, sino negro. Era repugnante; su sabor y su hedor colapsaron por completo sus agudos sentidos forzándola a escupir entre arcadas.
Nephausto rió sin ganas.
-     ¡Estás podrido por dentro! –exclamó Mau con tono acusatorio.
-     Sí, es un pequeño efecto secundario –respondió el paladín sangrando por el agujero que ella le había hecho en la cara.
Nephausto la tomó por el brazo aplastado bajo su bota y arrancó el destruido guantelete, dejándola la mano desnuda, una mano grácil aunque fuerte. Sin pensarlo dos veces hundió los dientes en la carne y empezó a succionar la sangre de la Tigresa. Mau se revolvió como una fiera impotente lanzando patadas, pero la herida de su costado no la dejaba imprimir la fuerza necesaria para librarse de él.
La herida de Nephausto empezó a cambiar. Su sangre se volvía roja y perdía el hedor a cada segundo a la vez que se retraía antinaturlamente por su piel. En unos segundos su mejilla volvió a parecer intacta y el paladín se levantó de pronto manteniendo a Mau colgada por las muñecas.
-     ¿Ves?. Arreglado –dijo con el rostro de nuevo muy cerca-. Sólo será temporal, hasta que me vea obligado a beber sangre de nuevo para evitar la putrefacción. Una especie de broma de Padre Nurgle.
-     ¡Eres repugnante...!
-     Lamento que opines así. Piensa en todo lo que siempre has querido hacer y no has podido por que tus votos a tu capítulo te obligaban... yo puedo hacer todo cuanto se me antoje.
Mau guardó silencio, sintiendo que la mordedura de su mano derramaba sangre sobre su armadura.
-     Es inherente a los humanos, ya sean marines o no, sentir rebeldía contra toda forma de autoridad. Para mí no hay inquisidores, ni jueces, ni falsos Emperadores...
-     Vete al infierno –fue la inmediata respuesta de Mau.
Alzándose en el aire, la Tigresa se encogió y lanzó una nueva patada con ambos pies directamente a la cara de Nephausto haciéndole trastabillar hacia atrás. Libre de sus garras, Mau cayó de pie y lanzó otra patada mientras el paladín sacudía la cabeza aturdido, pero el dolor la obligó de nuevo a encogerse y cayó de rodillas. Su golpe apenas logró hacerle estremecerse en el sitio. Intentando levantarse, Mau fue testigo de cómo Nephausto se rehacía con su rostro tornado en una mueca de rabia, tomaba impulso y le estampaba la suela de la bota en la cara lanzándola de espaldas, completamente inconsciente.
Lacvediar se acercó corriendo, pero su amo ya no precisaba ayuda alguna.
-     Es una verdadera caja de sorpresas –afirmó Nephausto como reajustándose la cara.
-     ¡La castigaré por su osadía, mi señor!, ¡la haré sufrir durante...!
-     No, Lacvediar. No te necesitaré para esto –le cortó el paladín advirtiendo el ansia de su siervo por hacerse con ella.
-     Eh... sí, mi señor –Lacvediar bajó la cabeza. No le había gustado eso; si su amo la reclamaba para él, ella quedaba fuera de su alcance.
Se acercó a ella y de nuevo se acuclilló a su lado conteplándola. Seguía sintiendo ese algo familiar en ella.
Hubo un sonido bajo el cuerpo de Mau. Nephausto vio que algo caía de un recoveco de su armadura. Al alzarlo vio que se trataba de un colgante, una diminuta, magnífica talla de un fuegorpión baalita en mármol de sangre. La sensación se hizo mucho más fuerte al tomarla en sus manos.
El ojo izquierdo de Nephausto se contrajo víctima de un repentino tic. – Vete, Lacvediar –susurró.
-     ¿Mi señor?.
-     ¡Fuera!.
El enorme adorador saltó asustado por la ira del señor del Caos. Recorrió el pasillo que se formaba entre los bancos de la catedral a la carrera y salió, no sin antes cerrar bien las pesadas puertas.

Mau se reanimó otra vez. Ahora le dolía todo el cuerpo. Su mano desnuda le ardía, la cabeza le daba vueltas y cada respiración era como clavarse una daga en el pulmón.
Abrió un ojo, incapaz de alzar la cabeza siquiera. Sus pies no tocaban el suelo; estaba suspendida a casi dos metros de altura, entre dos columnas, con manos y pies encadenados obligándola a permanecer en cruz.
Nephausto aún estaba allí. Estaba subido al altar, acuclillado, con su capa derramándose por el borde de la losa. Parecía querer seguir con su enfermizo juego. No vio rastro del otro individuo.
-     ¡Bastardo, acaba conmigo! –le gritó con voz cogida.
Al oírla, el paladín se puso en pie y se volvió hacia ella enseñándola lo que le había cogido. El corazón se le encogió en el pecho al reconocer el colgante de escorpión.
-     ¿De dónde has sacado esto? –le preguntó Nephausto.
Nephausto había cambiado su máscara de falsa bondad y su tono lánguido por una actitud mucho más dura y amenazadora. Sin embargo, Mau no respondió.
Con evidente irritación, a Nephausto se le volvió a cerrar el ojo con un tic mientras alzaba la otra mano. Súbitamente, relámpagos de impía magia negra azotaron el cuerpo de la Tigresa con desagradables sensaciones, como si sus músculos tuvieran vida propia y se retorcieran intentando escapar de ella y sumíendola en una horrible espiral de agonía. Mau apretó los dientes y cerró los ojos con fuerza, negándose a gritar.
-     ¡Contesta! –la instó el paladín aumentando la intensidad de la tortura.
Pero ella luchó por guardar silencio. Se encogió sobre sí misma soportando el creciente dolor. Un gemido contenido fue todo lo que salió de su boca.
-     ¡No me tientes a destrozarte, Mau!. ¡Esto es mármol de sangre, y sólo se da en Baal!. ¿Qué haces tú con un colgante como este?.
Nephausto empezó a cerrar el puño. Conforme más lo cerraba, el remolino de rayos negros se inensificaba, multiplicando la aflicción de la Tigresa.
Mau sólo pensaba en no decir nada. Su joven cuerpo de marine iniciada estaba siendo forzado mucho más allá de cualquier límite. Lágrimas de pura agonía afloraron a sus ojos y algunos sollozos escaparon de su garganta. Intentó luchar, pero moverse era algo completamente imposible ahora. Sus músculos se encogían y distendían sin control, se montaban unos encima de otros haciéndola estremecerse. Sólo pudo pensar en ser fuerte, ser fuerte. Pero ya no podía. Aquello iba más allá de cualquier tortura carnal. Aquello era brujería que quebraba su alma casi tanto como su ya maltrecho cuerpo.
-     Rom... –empezó a decir entre jadeos.
-     ¿Sí? –dijo Nephausto brulón.
-     Ro...mu...lus...
El torbellino cesó de inmediato, liberándola de la tortura. Conforme sus músculos volvían a su lugar, Mau aún sintió el dolor lacerando cada parte de su cuerpo. Luchó por recuperar el aire que había perdido.
Nephausto miró la figura que tenía en la mano; luego la miró a ella. Su capa se desplegó dando forma a dos alas de cisne negras de enorme envergadura. Batiéndolas suavemente, se alzó en el aire hasta ponerse a la misma altura que su prisionera, quien logró abrir el ojo sano para mirarle.
-     ¿Rómulus? –preguntó-. ¿Rómulus Devine... te lo dio?.
Mau se alarmó. “¿De qué conoce él a Rómulus?”, pensó con un creciente temor que logró ocultar a la vista.
Nephausto se acercó más. - ¿Tú... y Rómulus...?
Tras escrutarla durante un momento interminable, el paladín echó la cabeza hacia atrás y rió a crueles carcajadas.
-     ¡Sabía que veía algo en ti! –dijo sin dejar de reír entusiasmado-. ¡Nurgle me está concediendo dones adivintorios!. ¡Rómulus te conoce, y por ello he reconocido su presencia en ti!. ¿Acaso ese chico te ha tomado como concubina en sus tiempos de permiso?.
Mau le escupió en la cara. Nephausto se relamió sin dejar de sonreir.
-     ¡Oh, veo que es algo más...! ¡Claro!, ¿por qué si no iba él a regalarte esto?... ¡Jah!.
-     ¡Vete al infierno! –le espetó ella.
Nephausto no la escuchó, estaba mirando el colgante. - ¡Una tigresa... y un escorpión!. ¿Tienes idea de lo que has conseguido?. ¡Has arrastrado a un Ángel Sangriento a la herejía!.
El paladín la atenazó por la mandíbula, oprimiéndle los carrillos con dedos de acero y descargando de nuevo todo su poder maléfico sobre ella. Ya no quería respuestas; sólo la tortura por la tortura. Se concentró en infligir el máximo dolor posible sobre su exhausta víctima.
Mau gruñía por no gritar, incapaz por completo de controlar su propio cuerpo a medida que éste se retorcía hasta casi descoyuntar sus extremdiades.
Nephausto estaba mirando su cara. En la tortura descubría siempre la más refinada belleza de cada ser, pero torturarla a ella, a una marine espacial y amada de otro marine espacial, ver cómo sus ojos lloraban, cómo apenas podía respirar, y cómo, a pesar de todo, seguía esforzándose en no proferir un solo grito, era sencillamente magnífico.
-     ¡Dí su nombre!... ¡Dilo!... ¡Dilo!...
-     Rómulus... –suspiró Mau con lentitud.
Inmediantamente, Nephausto cesó en su empeño. Oír su nombre en los labios de ella le producía una sensación que nunca había sentido antes.
Mau estaba respirando como si cada bocanada fuera la última. - ¿Quién... eres tú? –preguntó alzando la vista.
-     ¿Yo? –el paladín rió haciendo oscilar el colgante en su mano.
Empezó a acariciarla el rostro otra vez. Ella ya no tenía fuerzas ni para apartar la cara.
-     ¡Un momento!, ¡entonces... esos Ángeles Sangrientos que han llegado pretendiendo echar a mis fuerzas de este planeta... sin duda Rómulus está entre ellos!.
Mau no tenía conocimiento de aquello. Había sido capturada sin oportunidad de contacto alguno con el resto de Tigres Nevados. Al saber que los Ángeles Sangrientos estaban allí, sintió una esperanza que no pudo reprimir.
-     ¡Sí, Mau! –las caricias en la cara de Mau se hicieron más suaves-. ¡Tu amado Rómulus vendrá al rescate, entonces!. ¡Vaya, nunca pensé que esta invasión me reportaría tanto!.
-     ¡No! –dijo ella quebrándosele la voz-. No... déjale. No le hagas nada... haz lo que quieras conmigo, pero déjale a él...
-     ¡Jah!, ¡parece que voy captando tu interés, Tigresa!. Aunque me agrada, esa actitud no es nada propia de un marine espacial, aunque sea una mujer. Pero ya es tarde para eso. ¡Tú eres mía, no puedes venderte a mí pues ya me perteneces!, ¡y Rómulus siempre me ha pertenecido desde el día en que nació!.
-     ¡Ninguno de los dos te pertenecemos, demonio!.
-     ¿No?... ¿sabes dónde obtuvo Rómulus este colgante?.
La marine cerró la boca, incapaz de responder. Nephausto tomó aire con infinita lentitud, disfrutando de su cara de sorpresa. – Yo se lo dí –dijo.
Mau le miró atónita y empezó a cabecear de lado a lado.
-     Le encontramos entre las ruinas de Rómulus IV durante la Herejía del barón Numois. A él y a su hermano, los guaridas imperiales remusianos que apoyaron el avance de los Ángeles Sangrientos les bautizaron y el comandante de los marines espaciales los reclamó para hacer Ángeles Sangrientos de ellos.
La chica pareció comprender, como si recordara algo de vital importancia. Pudo verlo cuando se quedó con la boca abierta.
-     Si, así es. Veo que Rómulus te ha hablado de mí...
-     ¡Traidor...! –acusó Mau en un susurro asfixiado por la incredulidad- ¡Traidor...!
-     Te equivocas de nuevo –Nephausto negó con la cabeza haciendo de su voz un eco de sus melancólicos recuerdos-. Yo no tuve otra elección: o esto –se señaló a sí mismo-, o terminar convertido en un compañero de la muerte, una bestia sedienta de sangre sin el más mínimo rastro de raciocinio; y es eso en lo que Rómulus se convertira, tarde o temprano... La próxima vez que lo veas, es posible que ya haya vestido la armadura negra de los condenados. Es el destino de todo Ángel Sangriento.
Apabullada por las palabras de Nephausto, Mau bajó la cabeza negando una y otra vez.
El señor del Caos le colocó el colgante al cuello con suma delicadeza.
-     Sí, te sienta muy bien. Rómulus siempre fue listo, no como Remus.
-     ¡No hables así de Remus! –dijo ella alzando la vista de nuevo con indignación.
Nephausto volvió a reír. - ¿Es que Remus también ha caído en tus redes?.
Nephausto retiró la mano esperando oír su respuesta. Pero ella no dijo nada.
-     ¡Tú misma has acabado ya con Rómulus!. ¿Tienes idea de lo que le espera en Baal cuando se sepa que ama a una mujer, y además a una marine espacial?.
-     ¡Nadie creerá a un siervo del Caos como tú!.
-     ¿Un siervo del Caos?. ¡Yo soy Aertes Dragmatio, comandante de la 6º Compañía del glorioso capítulo de los Ángeles Sangrientos! –gritó con un orgullo que debía de ser falso-. ¡Desaparecido durante la rebelión de los mineros de Malevant II!. ¡Me acogerían con todos los honores y para cuando descubrieran que ya no sirvo a falsos Emperadores ya habrían iniciado una investigación contra Rómulus y Remus!.
-     ¡Maldito seas!.
El paladín descendió hasta el suelo y replegó las alas formando de nuevo una capa negra con ellas.
Mau cerró los ojos afligida. “Donde quiera que estés... Rómulus... no vengas”, imploró.
-     Sí vendrá –le respondió Nephausto como si hubiera leído sus pensamientos-. Siempre ha sido un alocado; caía sin cesar en todas las trampas que el enemigo le tendía. Con el cebo adecuado, él vendrá exactamente a donde queremos...
Cuando el señor del Caos alzó una mano vacía, Mau sintió cómo algo tiraba del colgante hasta desprenderlo de su cuello y hacerlo caer directamente a la palma de Nephausto.
-     Esto servirá... –afirmó encaminándose a la salida de la catedral-. Te asustas fácilmente, Mau, y no cuesta demasiado hacerte hablar. Me alegro de no pertenecer ya a un imperio que pretende hacer marines espaciales de niñas como tú. Y cuando Rómulus se haya unido a mí, decidiremos qué hacer contigo y tus camaradas.
-     ¡No, no...!
Mau sollozó temblando. Había traicionado a Rómulus y ahora Nephausto estaba en perfecta situación de conducirle a todas las emboscadas que quisiera.
-     ¡Rómulus! –gritó ella con enorme frustración.
El eco de las risas de Nephasuto ahogó por completo sus gritos.

ABRIENDO BRECHA

El convoy se detuvo cuando más oculta estaba la luna tras las densas nubes electroestáticas. Un Rhino negro, un Razorback rojo y cuatro motocicletas blancas, todos ellos cargando con cuantos marines espaciales habían podido acomodarse tanto en su interior como sobre ellos.
Desembarcaron rápidamente formando sus escuadras. Algunos Ángeles Sangrientos bajaron del techo del Rhino, pero nadie salió de su interior. En las cuatro moticletas de los Tigres Nevados viajaban otros tantos marines, entre ellos Nekoi y Ocelot, como pasajeros. Cheetah puso un pie en tierra y se dispuso a hablar.
-     Es aquí –dijo el bibliotecario Sangriento anticipándose a ella-. Aquí es donde los atraparon.
Virgilio empezó a caminar muy lentamente por el lugar con las manos unidas. Llevaba los ojos cerrados, pero sorteó cada obstáculo con la serenidad de un monje. Poco después un cántico lejano inundó el aire desde algún lugar a la izquierda de su posición.
-     ¿Qué es eso? –preguntó Remus.
Cheetah fue quien respondió. – Son adoradores. Han erigido estatuas del líder de los marines de plaga por todas partes y se reunen en masa para rezar ante ellas. Éstos no están lejos; mejor ir con cuidado.
Rómulus advirtió las manchas de sangre por todo el suelo y algunos pedazos de carne. Allí había tenido lugar un combate horrible. Tomó una roca, lamió levemente la sangre que tenía pegada y escupió en seguida. No era muy reciente, dos horas o más, pero ni siquiera le pareció humana; no era de los Tigres. Si no había sangre de ellos era posible que los hubieran capturado con vida pero en tal caso ¿dónde se los habían llevado?. Pudo sentir cómo algo empezaba a carcomerle por dentro. En toda su vida sólo había tenido miedo una vez: la primera vez que vio a un marine espacial, cuando Aertes le recogió de su mundo natal donde la guerra redujo las ciudades a algo no mucho más alentador que el paisaje en el que estaban. Los Ángeles Sangrientos no temían a nada porque no tenía nada que perder. Sus vidas pertenecían al Imperio y era para su gloria que vivían. Pero ahora Rómulus, por mucho que lograra ocultarlo a los demás, amaba; y su amor por Mau se estaba convirtiendo en miedo de perderla.
Virgilio seguía como paseando ajeno a todo cuanto le rodeaba. Podía sentir la muerte flotando aún en aquel lugar; la muerte de almas impías y corruptas, pero nada más.

Mientras esperaban a que el bibliotecario llegara a alguna conclusión, los marines habían trazado un perímetro defensivo empleando los transportes a modo de búnkers; una de las escuadras de Sangrientos custodiaba el Razorback y otra el Rhino. El capellán aún no se había movido de lo alto del Rhino.
Rómulus se había separado un poco de ellos. Estaba solo mirando al borroso destello de la luna que lograba atravesar el cielo nublado. Se esforzaba en no pensar en ella; se había esforzado desde que salieron de la base de operaciones Sangre de Sanguinius CXII para que el bibliotecario no detectara nada raro en él, pero su alma era presa de una tortura. No sabía si estaba viva ni dónde buscarla; era un sentimiento desalentador, incluso terrorífico, y eso le hizo replantearse si el hecho de amar no estaba teniendo consecuencias sobre su juicio.
-     ¿Estás bien? –oyó detrás de él.
Al volverse, vio que Remus se le acercaba. Se había apoyado de nuevo el bólter pesado sobre el hombro y, a juzgar por su expresión, también a él le preocupada algo. Respondió a la pregunta con una imperceptible negación de cabeza.
Remus se puso a su lado. – Rómulus, será mejor que te controles –le susurró sin mirarle-. Virgilio no te ha quitado ojo de encima desde que aterrizamos en este planeta; creo que sospecha algo.
-     No puedo, Remus. Por los huesos del Emperador que querría hacerlo, pero no puedo.
-     ¡Pues más te vale hacerlo!, ¡porque si te descubre acabarás en una capilla de ejecución!.
-     Esto es igual que en Malevant II –Rómulus parecía haberse olvidado de la presencia de su hermano-. Exactamente lo mismo; Aertes perdió el contacto con nosotros, y ya no lo vimos más.
-     ¡Eh!. ¿A qué viene eso ahora?, ¡Aertes está desaparecido en combate, pero nunca hemos dejado de buscarle!.
-     ¿Y para qué?. Todos sabemos que no volveremos a verle. Y tendríamos suerte si lográramos recuperar su cadáver.
Remus bufó furibundo. - ¡Rómulus, por todos los mártires, estás al mando de una compañía!. ¡Ahora necesitamos al Rómulus decidido, capaz y seguro que porta al mismo Sanguinius en su corazón, no al crío que denunciaba trampas cada vez que su hermano le derrotaba en combate!. ¡Mau es una marine como nosotros!, ¡sabes bien el riesgo que corremos todos de modo que reacciona, porque nosotros sólo podemos seguirte!.
Rómulus sonrió, pero se volvió para ocultárselo a Remus. No pudo sino darle la razón. Estaba lamentando la muerte de Mau antes de tener la certeza de que la había perdido. Había pasado tanto tiempo desde la desaparición del comandante Aertes que la desesperanza se había apropiado de él. Pero por fortuna contaba con el inestimable apoyo de su hermano.
Remus había logrado ocultárselo a Rómulus, pero estaba a punto de estallar. “Mau tiene la culpa de esto”, se dijo, “Rómulus no deja de pensar en ella, no se concentra”.

Remus pensó que más les habría valido a todos que su hermano nunca la hubiera conocido. Desde aquel día se había visto obligado a ser un encubridor del romance entre Rómulus y la Tigresa. Tenía que centrarse en bloquear sus pensmientos cada vez que uno de los bibliotecarios andaba cerca porque la más mínima emoción podía descubrirle. Sostener esa tónica durante meses le enfurecía cada día un poco más, y sólo podía ver a un culpable de todo ello: Mau. Por supuesto que nunca se lo había dicho a su hermano. Él la amaba y no toleraría ningún comentario acusatorio en contra de ella, pero Remus veía cómo Rómulus sustituía paulatinamente sus votos al capítulo por una, a su vista, absurda devoción por alguien completamente fuera de su alcance. Tal cosa estaba prohibida, ¿porqué entonces su hermano había infringido la ley del capítulo?. ¿Qué era lo que veía en ella?, ¿qué necesidad aliviaba con ella que no fuera el servicio al Emperador y que fuera merecedora de correr tal riesgo?.
Pensando en todo aquello Remus se sentía como un ignorante que ve cómo un hombre culto disfruta admirando un retrato carente de interés para él. Sentía que había algo en Mau que él no podía entender y que nunca había necesitado, pero que para su hermano era tan evidente que la vida sin ella se le tornaba amarga y carente de sentido. Algo capaz de romper así la concentración de un marine espacial no podía ser sino herejía, pero era su hermano; no le delataría a no ser que la situación acabara revistiendo verdadero peligro para ellos.
Aunque no fuera consciente de ello, una gota de envidia empezaba a teñir el juicio de Remus.

Virgilio se acercó a ellos dando ruidosos pasos sobre el suelo y ambos vaciaron su mente de inmediato en un supremo ejercicio de concentración antes de volverse hacia él.
-     Capitán... se los llevaron en esa dirección.
-     ¿Estáis seguro?.
-     Sí, señor. Sus almas son fáciles de distinguir de entre las de los seguidores del Caos... creo que aún están vivos.
El capitán sonrió ampliamente. Después de todo, sí había lugar para la esperanza.

Nekoi y Ocelot avanzaron por el interior de lo que había sido un edificio. Había pilares de sustentación y restos de paredes que llegaban hasta el hombro que se disponían como un pequeño laberinto. Al asomarse al otro lado, vieron una amplísima avenida atravesando un barrio en condiciones sorprendentemente buenas. Los edificios seguían en pie, y la catedral cercana también parecía en buen estado. El mayor contingente de marines de plaga que habían visto hasta ahora estaba allí; acampando en el terreno circundante a catedral. Eran marines enormes, envueltos en un enjambre de moscas y neblina de color bilioso que se destilaba de sus propias armaduras. Dirigiendo la vista de lado a lado vieron también un gran número de adoradores.
Ocelot hizo un gesto a Nekoi y la indicó una dirección. Al seguir el dedo con la mirada vio a dos herejes ante las puertas de la catedral. Uno de ellos era otro cultista con la cabeza rapada; el otro portaba un báculo como aquellas estatuas heréticas que habían colocado en cada plaza de la ciudad. Estaban viendo al líder de aquella fuerza invasora, el llamado Nephausto.
Minutos después los dos estaban de vuelta con Rómulus y le explicaron lo que habían visto. La catedral parecía ser la base de operaciones enemiga, y el mismo señor del Caos estaba allí. Virgilio confirmó sus premoniciones de que era en la catedral donde ubicaba a los Tigres desaparecidos.
Hubo un levísimo ruido tras ellos, pero suficiente para disparar los sentidos de los marines de ambos capítulos. Encañonaron de inmediato a la primera figura que vieron, pero se trataba del sargento de exploradores Karpla.
-     ¡Karpla! –exclamó Rómulus.
-     Capitán, les hemos seguido tal y como ordenó –informó el explorador sin alarmarse. –el resto de nuestra fuerza y de los Tigres Nevados están tras esa loma de atrás, esperando órdenes.
-     Bien hecho, Karpla. Sargento Cheetah, ¿está preparada para tomar esa catedral?.
-     ¡Desde luego que sí! –le respondió Cheetah entornando los ojos.
-     Entonces preparáos. Los Ángeles Sangrientos iniciaremos el ataque y les obligaremos a reaccionar. Cuando os dé la señal los Tigres Nevados cargaréis contra ellos junto al capellán Sagos y la Compañía de la Muerte.
-     Entendido.

Los marines de plaga parecían estar esperando. Algunos discutían entre sí sobre porqué su líder les había hecho custodiar la catedral con una fuerza de aquel tamaño, ya que allí sólo retenían a los pocos prisioneros que Lacvediar y su carne de cañón, como les llamaban, se habían cobrado.
-     ¿Qué es aquello? –dijo alguien con sorpresa.
Todos se volvieron. Allá a lo lejos se acercaba algo por el mismo dentro de la calle, algo muy grande y rojo.
-     ¡Es un Dreadnought!.
Nadie tuvo tiempo de reaccionar al aviso. El disparo de cañón de plasma creó un enorme sol fosforescente justo en medio de los marines de plaga desintegrando por completo a tres de ellos en el acto y cociendo con el calor que irradiaba a otro más.
-     ¡Pedid refuerzos!. ¡Los imperiales nos atacan!
Aún no se habían recuperado cuando más impactos de bóter y lanzamisiles trazaron sus caminos hacia la fachada de la catedral aniquilando todo lo que encontraron a su paso entre explosiones de diverso tamaño.
Los fanáticos adoradores se lanzaron en tromba contra el creciente frente de Ángeles Sangrientos que se agrupaba alrededor del Dreadnought mientras los marines traidores organizaban una línea de defensa ya prevista.

-     Ahí vienen –observó Remus innecesariamente.
-     ¡Abrid fuego! –replicó su hermano.
Las escuadras tácticas y los devastadores unieron su potencia de fuego a la del Dreadnought desmenuzando literalmente a los pelotones de cultistas. Remus trazó un arco de muerte con su bólter pesado, ya que era inútil afinar la puntería cuando el enemigo forma una sólida pared a la carga. Un misil fragmentario voló, y todo un grupo de aquellos seres cayó al suelo acribillados por la explosión de metralla. El Razorback maniobró por detrás del hermano Fulventos disparando sin cesar sus bólters pesados acoplados a la torreta.
Cuando el enemigo hubo cubierto la mitad de la distancia que les separaba ya habían caido prácticamente la mitad de cultistas, y cuando la escuadra de exploradores Malenko empezó a dispararles desde un edificio dercano con sus bólters y rifles de francotirador cayeron muchos más. Sin embargo, aún quedaba un gran número de ellos cuando la primera fila de marines dejó de disparar y se lanzaron en una rugiente carga.
-     ¡Ahora! –gritó Rómulus antes de dirigir a la escuadra Crasso en el asalto contra los adoradores-. ¡Acabad con todos ellos!.

Los marines de plaga vieron cómo los adoradores se estrellaban contra los marines imperiales. Sus gritos de dolor, terror y agonía eran acogidos con indiferencia en sus oídos demacrados por la putrefacción. No pasaría mucho tiempo antes de que los Sangrientos los exterminaran a todos.
Empezaron un avance lento con sus armas preparadas. Mientras la horda de fanáticos mantenía ocupados a los Sangrientos, los marines de plaga se dispusieron para rodearles.
El frente de marines imperiales arrasó a los adoradores como una locomotora. Rómulus atravesó al primer enemigo con su cuchilla, abatió a otros dos con sendos disparos de su pistola bólter y destrabó su brazo del cadáver de una patada. Otro de ellos vino directamente hacia él sosteniendo en alto un pesado tubo de metal, pero la espada de Virgilio apareció en su campo visual y partió al enemigo por la cintura en una explosión de sangre oscura, dejando a Rómulus más tiempo para descargar por completo el cargador sobre más cultistas.
Remus blandió su bólter pesado en un amplio arco, derribando como un mazo a cuantos adoradores se interpusieron en el camino del arma. El siguiente que se le acercó recibió tal golpe en vertical que le cráneo se le quedó hundido en el cuello con un desagradable chasquido antes de que Remus apretara el disparador para acabar con los que aún estaban en el suelo. Dos disparos rebotaron contra su pecho y hombrera, pero sólo lograron astillar levemente la superficie de ceramita. El seguidor del Caos le disparó de nuevo sin efecto. La respuesta de Remus fue un disparo de su bólter pesado, con un resultado mucho más devastador en su pobre cuerpo abotargado. Un Sangriento levantó a un enemigo por el cuello y lo lanzó sobre un grupo que fue a parar al suelo. Antes de poder levantarse, el Dreadnought bloqueó la luz de la luna proyectando su gran sombra sobre ellos.

Incapaces de ganar terreno, los adoradores se amontonaron ante las inamovibles líneas Sangrientas. No parecían dispuestos a retirarse a pesar de que aquello, más que un combate, era una matanza despiadada.
Los marines de plaga siguieron avanzando, acercándose más y más a la retaguardia de los adoradores en un calmoso paseo. La mayoría de ellos iban dejando un reguero de pisadas grumosas debido a los fluidos de putrefacción que se filtraban por las juntas de sus armaduras.
-     ¡Preparad los rifles de fusión para destruir a ese Dreadnought! –ordenó uno que portaba una espada amarillenta como de hueso.
La respuesta a sus palabras fue un sonoro rugir de motores.
Desde una calle transversal, un Rhino negro como el cielo de aquella noche irrumpió entre los marines de plaga lanzando furiosos bramidos por sus tubos de escape. El tanque derrapó sobre el terreno hasta ofrecer su parte posterior a los marines traidores.
La inconfundible armadura del capellán Sagos bajó de un salto desde el techo partiendo al primer enemigo desde el hombro a la entrepierna con un solo tajo de su Crozius Arcanum. El contenido de aquella armadura corrupta emergió en forma de un espeso limo negro que nada tenía que ver con las entrañas de un hombre.
La rampa posterior del Rhino se abrió y cuatro figuras más emergieron desgarrándose la garganta a gritos para unirse al capellán. Se movían como bestias salvajes, lanzando espadazos a diestro y siniestro sin medida alguna. A pesar de ser sensiblemente más altos y corpulentos que ellos, varios marines de plaga cayeron ante aquel ataque sorpresa.
El grupo entro se detuvo para hacer frente a la nueva amenaza. Sagos bloqueó un cuchillo oxidado con un giro de muñeca y le abrió el pecho a su portador. Esquivó otro golpe y alejó al enemigo con un empujón. Detuvo el brazo de un tercero agarrándolo por su mugrienta muñeca y tiró de él para interponerle en el camino del otro, quien había cargado tan furiosamente que no pudo evitar hundir su cuchillo de plaga en la coraza de su camarada. No tuvo tiempo de lamentarlo, a menos que su cerebro retuviera la capacidad de lamentar una vez separada su cabeza del tronco.
Dos enemigos armados con rifles de fusión se plantaron ante el Rhino, ahora inmóvil y disparando sus dos bólters de asalto en modo automático. Apuntaron cuidadosamente a la compuerta trasera, y algo les hizo alzar la vista de repente. Eran cuatro motocicletas blancas que habían empleado el inclinado perfil delantero del Rhino como rampa para saltar. Cada motocicleta llevaba dos marines subidos. En un parpadeo, los cuatro que viajaban como pasajeros se separaron de los motoristas en el aire y realizaron graciosas piruetas para caer sobre los marines de plaga con ímpetu aplastante.
Nekoi y Ocelot saltaron de los asientos traseros de las motos junto a dos marines tisarinas que portaban las temibles garras de su capítulo. Nekoi giró hacia atrás hasta quedar boca abajo y disparó su pistola bólter durante su caída como una diosa lanzando una lluvia de fuego y muerte desde el cielo. Acabó con un enemigo que apuntaba con un rifle de fusión al Rhino de la Compañía de la Muerte colocándole un proyectil justo en su deformada membrana osmótica; acto seguido volvió a girar y cayó en cuchillas con una espada sierra preparada para probar el sabor de la sangre traidora. Ocelot cayó a su lado en una postura similar y abrió fuego intentando librar al capellán de los Sangrientos de alguno de los enemigos que le atacaban. Las tisarinas cayeron una a cada lado del otro marine de plaga con rifle de fusión. El traidor apuntó a la de su derecha, pero la Tigresa le hizo perder el arma con una calculada patada al tiempo que la otra marine le hería en una pierna con sus garras. La primera giró por la inercia de la patada y culminó con un garrazo que le abrió el cuello, desparramando su negro e impío icor sobre su coraza. El marine fue incapaz de reaccionar cuando ambas marines le hundieron simultáneamente sus garras en los costados y el pecho.
Las cuatro motoristas cayeron en medio de las fuerzas de Nurgle aplastando a varios de ellos con el peso de sus corceles de hierro. Cheetah hizo derrapar su moto en un giro cerradísimo, partiendo el cuello de otro enemigo con la cola de su moto y abatiendo a otro más bajo el relampagueante filo de su espada.
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