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CONCURSO DE ÍNCUBOS

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La esbelta figura movía con gran habilidad su Castigador ejecutando movimientos similares a las artes marciales. El arma, parecida a una alabarda, se movía de un lado a otro y trazaba brillantes arcos en el aire mientras el Íncubo intercalaba patadas y puñetazos entre los movimientos.

El Íncubo, Ranxel, se encontraba en mitad de la arena gladiatorial de Krakkos, una de las principales ciudades de Commorragh. La arena no era más que un pozo de unos veinte metros cuadrados con suelo de piedra y unos tres metros y medio de hondo. Las paredes estaban saturadas de estacas y garfios preparadas para hacer que las contiendas fueran más interesantes. Incluso las inmensas verjas de unos tres metros cuadrados que comunicaban la arena con las mazmorras del estadio estaban cubiertas de pinchos y garfios. En varios lugares en mitad del pozo se alzaban más grupos de estacas como pequeñas palmeras de metro y medio con afiladas hojas metálicas dispuestas a ensartar y lacerar la carne de quien las tocara. El Gran Íncubo empezó a dar volteretas, saltando por encima de estos grupos de estacas sin temor alguno, y lanzando más patadas y mandobles al aire con una increíble precisión y sincronización. Su armadura parecía ajustarse al milímetro a su cuerpo menos por unas largas hombreras que sobresalían por encima de sus hombros. La armadura era negra del cuello a los pies excepto en algunas partes como las rodillas, los tobillos, los codos, las muñecas y la cintura, donde tenía unos decorados en plata. Su yelmo le tapaba por completo la cara y la cabeza pero tenía un aspecto siniestro; la faz era púrpura, los ojos estaban entrecerrados, la boca era alargada como la de un espectro, y de la parte posterior salía un adorno en forma de cola de escorpión que se doblaba por encima de la cabeza, apuntando hacia delante. El arma era completamente plateada y cada movimiento reflejaba las luces de los focos del estadio gladiatorial creando hermosos destellos alrededor del eldar oscuro.
 
                          Las gradas de piedra del estadio estaban vacías a la espera de que llegaran más esclavos para organizar nuevos juegos de lucha; sin embargo, un grupo de eldars oscuros ataviados con la misma armadura de Íncubo que Ranxel, negra y plateada con la faz del casco púrpura, observaba las evoluciones del estilo de su maestro en la arena; las formas y siluetas de las armaduras permitían saber que tres de ellos eran mujeres.

Ranxel se detuvo durante unos momentos, luego miró al grupo de Íncubos y les hizo una señal para que bajaran al pozo. Las ocho figuras dieron ágiles saltos y volteretas, algunos se elevaron más dos metros por encima del suelo, para aterrizar entre los grupos de estacas de la arena. Todos ellos llevaban Castigadores similares al de su maestro. Sus espeluznantes caras como fantasmas fijaron sus ojos plateados en el Gran Íncubo.

Ranxel les devolvió la mirada con el cuerpo de lado ellos y sujetando horizontalmente el Castigador con una mano. No se percibía ni un solo movimiento en su cuerpo, ni siquiera el de la respiración. Los Íncubos dieron rápidas volteretas entre los pinchos para rodearle; acto seguido dio comienzo el concurso por ver quien formaría parte de la escolta del comandante del Gran Íncubo.  El primero de ellos avanzó lentamente hacia él, y enseguida empezó a correr dispuesto a acabar pronto el combate. Su maestro le esperó totalmente inmóvil, hasta que llegó a su altura; el Castigador trazó un amplio arco a la altura de la cintura, pero Ranxel saltó verticalmente y encogió las piernas de forma que el arma falló por completo su golpe, entonces Ranxel sacudió una violenta patada en la cabeza a su oponente y, en cuanto tocó el suelo con su otro pié, se lanzó hacia delante para atravesarlo. El discípulo evitó la muerte bloqueando el golpe con su arma, pero el maestro se la arrancó de las manos y volvió al ataque golpeándole con puños y pies durante varios segundos para acabar con un golpe con el mango del Castigador en la espalda que hizo caer definitivamente a su alumno. Al instante siguiente se agachó, evitando por poco el intento de otro de cortarle la cabeza; desde el suelo golpeó de nuevo con el mango del arma ambas piernas de su otro agresor, obligándole a agacharse, y le encajó un gancho en la garganta que lo lanzó a dos metros.El Íncubo cayó a pocos centímetros de uno de los grupos de estacas; al intentar levantarse Ranxel lanzó un tajo vertical sobre él, pero pudo bloquearlo poniendo su Castigador horizontal y dio una patada en el pecho de su maestro que lo echó hacia atrás. Se levantó de un brinco, sin usar los brazos, y observó a su maestro durante el medio segundo que tardó en volver a atacarle; se movía con una velocidad increíble, lanzándole golpes con su arma y sus pies que a duras penas era capaz de bloquear. Ambos parecían estar ejecutando una curiosa danza, pero el empuje del maestro hacía retroceder al discípulo, que no sabía que justo tras él un puñado de enormes garfios aguardaba su presa. Ranxel amagó un tajo por la derecha y giró violentamente para acabar con una patada al pecho de su alumno, que acabó por estrellarse contra los garfios. A pesar de parecer firmemente sujetos, los ganchos eran móviles y oscilaron y giraron en todas direcciones hasta clavarse en el cuerpo del Íncubo entre tintineos metálicos. Los afilados pinchos no atravesaron la armadura, pero sí se habían clavado en ella impidiéndole cualquier movimiento. El maestro preparó el golpe de gracia pero se dio cuenta de que otro Íncubo, una hembra esta vez, se había colocado a su derecha y se preparaba para abrirle en canal. Ranxel enganchó su Castigador en la hoja del de su alumna pero ésta le propinó una patada en la cara que le hizo retroceder. La nueva contrincante, aún con su arma enganchada con la de su maestro, giró su cuerpo para darle otra patada, pero Ranxel la cogió por el tobillo y le dio dos rápidas patadas, una en la otra pierna que la obligó a hincar la rodilla y otra en la espalda, para acabar con un giro a la izquierda, lanzando otra patada a la cara que impactó de lleno en el objetivo. La alumna rodó dos metros por el suelo has quedar tendida boca abajo.
Los demás discípulos de Ranxel continuaron atacándole. Mientras, en uno de los tenebrosos pasillos que recorrían el recinto, una figura cubierta por completo con una capa de oscuro terciopelo púrpura aguardaba pacientemente mirando al suelo cerca de una de las entradas a las gradas. Era Shaqueel, la Arconte a la que Ranxel servía como guardaespaldas, y estaba esperando a que éste seleccionase a los que formarían su nueva escolta. Hace poco más de tres meses ella no era más que una Draconte bajo el mando del Arconte Graranak. La Cábala de las Cuchillas de las Sombras iba a lanzar una incursión a una base imperial custodiada por esos humanos que se hacen llamar “Ángeles Sangrientos”. Ella debía encabezar un ataque frontal directamente hacia el recinto fortificado mientras Graranak intentaba asaltarlo por un flanco aprovechando su movimiento de distracción. Ella sabía que ese ataque no sólo era para distraer al enemigo, sino para librarse de ella y de su ansia por el puesto de Arconte. Tras un intenso combate en el que lograron invadir la base, Graranak murió enzarzado en un combate cuerpo a cuerpo con el comandante humano; Shaqueel pudo haberlo evitado, ganándose la confianza y las recompensas de su Arconte, pero el ascenso que su muerte suponía le pareció más atractivo. Junto a ella, un eldar de aspecto desagradable permanecía de pie; su piel era de un tono pálido ligeramente verdoso y el pellejo de su rostro parecía haber sido estirado hacia atrás, su cuerpo estaba cubierto por una túnica de telas negras, su cara era alargada y reflejaba una extraña expresión que le hacía parecer un demente a juzgar por sus oscuros ojos. Éste era Hoo’Gaan, un Hemónculo que llevaba bastante tiempo sirviendo a Shaqueel, desde que era una Draconte del más bajo rango. Shaqueel siempre mantenía a Hoo’Gaan bien provisto de “materia prima” para sus investigaciones a cambio de que éste le enseñara métodos de causar dolor y zonas del cuerpo de sus prisioneros donde un solo golpe puede resultar letal. La Arconte jugeteaba con el amuleto que llevaba colgado al cuello: un gran ojo extraído de la inerte cabeza de una criatura tiránida. Un grito de dolor procedente de la arena inundó los pasillos. Ninguno de los dos se asomó a la entrada; los asuntos de los Íncubos sólo conciernen a los Íncubos, y si un comandante no sabe respetar esto puede perder sus servicios.

Uno de los alumnos retrocedió unos pasos con la mano en un costado; de entre sus dedos goteaba sangre. Ranxel se había cansado de jugar. Había llegado el momento de que sus alumnos supieran qué les ocurre a aquellos Íncubos que no son dignos de formar parte de la escolta de su Arconte. La chica eldar que le había impedido rematar al que se había enganchado en los garfios intentó ensartarle por detrás, pero él se percató de ello mucho antes y dio una sorprendente voltereta, pasando por encima de su atacante y a muy poca distancia de su arma. En cuanto tocó el suelo le atravesó la espalda con dos rápidas estocadas. La Íncubo se miró el pecho y vio cómo la hoja del Castigador de su maestro sobresalía justo en el sitio del corazón; al instante siguiente todo su cuerpo quedó completamente laxo, colgando del arma del Gran Íncubo. Ranxel se retiró y el cuerpo inerte se desplomó llenando todo el suelo a su alrededor de sangre.

Los otros alumnos no se sorprendieron en absoluto de esta demostración de su maestro. Todos ellos ya habían servido a las órdenes de varios Dracontes y Arcontes y sabían perfectamente a lo que se exponían cada vez que aspiraban a ser la escolta de un Arconte de mayor rango. Tres Íncubos se acercaron a la vez. Ranxel los esperó durante un instante y luego pasó a tomar la iniciativa. Esquivó el tajo del primero y bloqueó el del segundo para darle un puñetazo de revés. El tercero le atacó, pero el maestro detuvo su arma con la mano y dio una voltereta, pasando por su lado y encajándole una patada en la cara que le hizo girar en el aire antes de caer. Ranxel le arrebató su Castigador y lo lanzó como una jabalina contra uno de los otros dos que quedaban en pié. En el tiempo que el alumno necesitó para evitar que el arma le ensartase, Ranxel se abalanzó sobre la otra. Ambos comenzaron a mover sus armas de forma alocada, bloqueando los tajos y estocadas del adversario. La Íncubo hizo un salto giratorio para darle una patada en la cabeza, Ranxel la esquivó y la alumna, aún en el aire, le lanzó un golpe con su Castigador que el maestro bloqueó a duras penas. Continuaron con aquella danza, en la que un error significaba la muerte a manos de tu pareja. Las hojas de los Castigadores creaban fugaces destellos alrededor de los contendientes. Ranxel no estaba jugando esta vez; aquella alumna suya sí que era un rival realmente difícil. Finalmente, el Gran Íncubo bloqueó un tajo por la izquierda, agarró el mango del arma y pateó tres veces el abdomen de la alumna; la eldar detuvo la cuarta patada con un brazo, pero con ello soltó una mano del Castigador y Ranxel le retorció el arma. Con una mano no podía hacer la fuerza suficiente y el dolor de su hombro la obligó a agacharse, momento en que su maestro hizo un salto giratorio y le dio una violenta patada en la nuca que la estrelló contra el suelo. La protección del yelmo impidió que la base de su cráneo se quebrara y sólo se desvaneció por unos momentos.

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